Coque Malla, el día y la noche

Hay pocos artistas encumbrados cuando cierra el escenario que tengan repelús al paroxismo de sus fans, a los ‘guapo’ porque sí del público que confunde una canción con despedidas de soltero. Coque Malla te puede sonrojar de una mirada y erguir barricadas contra un tipo bañado en un mar de sustancias que se hace el gracioso. Si canta una ranchera -Hace tiempo- directa al corazón, canta una ranchera. En Coque Malla anida el rocanrol de los artistas honestos sabiamente bien parados de sus propias contradicciones. Con agallas desde Los Ronaldos al primer desembarco en solitario en la música visceral -La hora de los gigantes, su tercer disco, hace un guiño a los Stones, al rock clásico, a “toda la música que he escuchado”-, en el madrileño confluyen las canciones cuando tocan, en el momento preciso. Y si procede una revisión desenfadada de Pedro Navaja de Rubén Blades -por el que prepara un encuentro con músicos cubanos en el Café Central de Madrid- acto seguido prestigia el legado de rock de la banda Las Ruedas que compaginó como ronaldo, un pasado injustamente olvidado a su entender.
Coque Malla se pasó este fin de semana por los dos extremos de Galicia en dos locales para tomar copas -él, gintonic- adaptados por un par de horas a la efervescencia que acompaña a los conciertos. Se acabaron las pretensiones de antes de la crisis y cualquier lugar es bueno si el cartel es aun mejor. La disposición del público de A Coruña la noche del sábado arrancó un plus de desenvoltura al músico madrileño, más aclimatado que el día anterior en un show que se adentró en la madrugada de Vigo en un local anodino, donde Coque corrigió con desenfado la falta de sintonía y ciertos automatismos. “Me aburre este repertorio”, musitó junto al micrófono tras cruces de miradas resignadas con Nico Nieto, su contrapeso, un guitarrista más anglosajón que argentino que lleva Fender y Gibson como amuletos. “Os pido silencio en la primera parte, escuchad los matices de Nico”. Coque Malla desentrañaba Termonuclear, su trabajo más reciente, un disco construido con frases para contar y saltos volumétricos, compuesto por letras sobre relatos íntimos, casi siempre, de dos a dos; peor aún, de uno completamente solo como Despierto, la apertura. La empatía de su segunda noche deparó el todo por el todo en temas de pura espasticidad como She’s my baby o Cuídate -guiño al Lust for Live de Iggy Pop-, además de ritmos cadenciosos con pasajes de medio tiempo e himnos -menos al amor, más a la cocaína- como Hasta el final o la publicitaria No puedo vivir sin ti, una canción para reconciliarse con el público de gorgoritos, menos preocupado por desentrañar el camino de autor por el que transita el madrileño.

Coque dijo que va a volver tras volver a dar de sí en dos breves bises anclados al set list, reincidiendo, agradecido al público, en su lado bueno, con un acompañamiento de la melodía incipiente que devolvía al local de copas a su estado natural. Toca nuevo disco en el horizonte de un año. “Es un proyecto en el que puede que me salgan canas”, anticipó, taimado, antes de salir del local a toda prisa con la copa en la mano, mirada al suelo, emparedado junto a Nico Nieto, su representante y el backliner, quien justo antes se devanaba la cabeza para compaginar la salida del dúo con las hileras de personas que iban y venían del baño.

Sala El Ensanche, Vigo, viernes 2 de marzo

Leclub, A Coruña, sábado 3 de marzo

15 euros

 

 

 

 

 

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Fotografía de Xenxo do Campo. Coque Malla y Nico Nieto, ante el público y ante el espejo. Sala Leclub.

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Enlaces recomendados

“Mi estilo actual contiene inevitablemente toda la música que he escuchado”, Faro de Vigo, 16/10/2009

“Nada me da más paz que tocar en directo”, Suplemento Visado, Faro de Vigo, 2/3/2012

Coque Malla, desde su salón, El País, 29/09/2011

La vida te da sopresas, sorpresas nos da Coque Malla, Live the Roof, 4/3/2012

Jorge Pardo, maestro antes que aprendiz

“Aprender es el juego más excitante. A veces, la experiencia es un obstáculo”, escribió un día. Jorge Pardo practica una música de dos filos que laceran el alma. Flamenco y jazz se encadenan como una crono por relevos en la carrera dilatada de un madrileño de calle y escuela. Pardo aprendió el metraje en el conservatorio y el pulso circunstancial y loco del escenario en los circuitos noctámbulos de Madrid, con referentes magistrales como Pedro Iturralde y una querencia por un final mostruoso de dos cabezas. Jazz español hilvanado en las raíces del oficio flamenco. La música en dos mitades. (Más aquí)

Es 2 de febrero y Jorge Pardo, con más de tres décadas de bagaje y de buena memoria, formula tradición y experimento. Hasta los vasos tintinean a la deshora precisa. Jorge toca el saxo tratando de embridar las improvisaciones que desbarran melodías de taranta. Luego su flauta travesera sobrecoge a un público de pies a la cabeza al recordar una pieza que le enseñó Camarón. Es 2 de febrero en el club ourensano que celebra 25 años con la aspiración de recibir próximamente, bajo palio si fuera preciso,”al último superviviente del Kind of Blue“, Jimmy Cobb. El jefe, Eduardo Rodríguez, mira a Jorge, más que un músico habitual en el café, un amigo que cruza de la barra al escenario. Es febrero y terminan dos noches de música en directo encajonadas entre el misticismo del Café Latino. Jorge domestica de vez en cuando el pelo y hace palmas ante un retrato de Ron Carter, una de las efigies que totemizan el local. Eduardo, el dueño del club ourensano mira la escena con media sonrisa en un ovillo de sombras que se reúnen detrás de la barra.

Jorge Pardo lleva camisa de lunares y Chonchi Heredia retira las exclusas para que mane la voz, un torrente de lirismo que se abre paso de boca en boca. Vibra el compostelano Abe Rábade percutiendo el piano con contrarritmos y arpegios de terciopelo cuando hace falta. Un baterista que se llama Jeff Ballard y comenzó a tocar con Ray Charles y es un hombre habitual de Chick Corea terminó con un solo atávico de música negra. Josemi Carmona busca el duende en la guitarra, Javier Colina subtitula al contrabajo.

Chonchi levanta un muro de melancolía. “La guitarra de Paco está llorando porque sufre la ausencia de un genio y sabio “. Paco de Lucía y Camarón. Pardo dio vueltas al mundo en giras con el primero y rompió las directrices con Camarón, su cicerone en la ciencia musical del experimento consagrado en La leyenda del Tiempo (1979).

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(de Tempo de Lecer Ourense)

Jazz y café de 25 años

La madera del Café Latino crepitaba por primera vez, algo cambiaba en el paisaje del Ourense viejo. Ayer un elenco de artistas cerraba otra noche de éxito, la primera de dos que se difundirán, empaquetando sonido, vídeo, entrevistas, en un disco de celebración, de memoria. Era noviembre de 1986, una década decadente para el jazz en Estados Unidos, el sonido que, según el pianista Count Basie, “es el tipo de marido que no te gustaría para tu hija”. En Ourense despuntaba ya la música pionera de los Abuña Jazz, mientras en la cuna de la música que vino de África se digerían noticias nostálgicas de un pasado mejor y tristes baladas como la muerte del clarinetista Benny Goodman.
Cuando el antiguo bazar Puga de Ourense echó la persiana se abrió a la ciudad el Café Latino. España saboreaba la belleza selvática y emocional de un género que, por entonces, ampliaba fronteras mentales con una figura perenne, Tete Montoliu. La música casi fundacional del establecimiento de la calle Coronel Ceano de Ourense poco tardó en consolidarse. “Empezamos por el camino de los cantautores pero pronto llegó el jazz”, recordaba en esta semana de infarto el dueño del local, Eduardo Rodríguez. Hay paralelismos admirables con lugares casi totémicos como el Village Vanguard donde, por ejemplo, un Bill Evans, con el brazo derecho acribillado por la heroína, dejó una grabación para los anales. Los grandes han dejado pegada en el “pequeño café”, como le gustaba recordar con orgullo al propio Rodríguez, pero a diferencia del establecimiento neoyorquino entre compases no se prohíben las bebidas calientes.
“La historia es historia, y el paso del tiempo no supone ir hacia delante o ir hacia atrás”. Habla un músico que es amigo. El saxofonista Jorge Pardo grabó con Camarón la “Leyenda del Tiempo”, el álbum más vendido del flamenco, y ayer comandó un supergrupo reunido para la ocasión que escora el sonido a la vertiente del jazz español, flamenco, Latino. “No hay un concepto”, decía el artista, acostumbrado al escenario, que ayer ensambló su fraseo a la conducción del estadounidense Jeff Ballard, colaborador de Chick Corea a la batería, el compostelano Abe Rábade al piano, el contrabajista Javier Colina, el guitarrista Josemi Carmona y la vocalista Chonchi Heredia. Composiciones para la ocasión, diferentes alineaciones a lo largo de las dos noches y sorpresas –como la participación del marido de Heredia, José El Francés– pasarán a la posteridad en una grabación que ya se disputan, entre otros, el gigante de las discográficas Universal.
Suenan los acordes y los vasos, el escenario se eleva entre cuatro paredes frente a un público dechado. Multitud de retratos sostienen la pared con la historia del local moldeada por nombres que llenarían antologías del jazz. Milt Jackson, Ron Carter, Jackie McLean, Michel Camilo, Hank Jones, Ray Brown…

 

Esta reseña fue publicada por el autor en Faro de Vigo, edición de Ourense. Suyos son los derechos de contenido y mía la simple voluntad de reproducirlo con afán divulgativo.

Fotografía: Brais Lorenzo

Quique González, siempre dando vueltas

“Vamos a tocar una para todo el público” y el Colón se mecía en los punteos cadenciosos de Salitre. Dos horas y cuarto antes, Quique González devengó el calor que el público ya no le discute para alfombrar la entrada de Fabián al tendido lúgubre de las primeras veces. El telonero es otra voz solitaria de bellas canciones que, como Quique, sostiene la vista a las primeras filas de butacas con indisimulada timidez. El leonés estará en deuda perenne remedando la gratitud que González guardó para siempre con Enrique Urquijo, aquel artista inconforme desahuciado por sí mismo, aquel tótem que lo introdujo a empellones en la escena de Madrid.

El viernes, unas mil personas aclamaban a Quique con su casi-trío-de-jazz en la quinta visita del madrileño a A Coruña, uno entre tantos territorios con el poder moral de arrogarse el paisaje de La Ciudad del Viento. El camino no ha sido fácil, nada más lejos, de igual modo que el consenso del público tampoco era unánime en su lejano concierto en el Playa Club, en 2005, que constató claramente un cambio de rumbo con “La Noche Americana”, noqueando a otros púgiles, derrotando rivales. Quique perdió la bisoñez dando fe ciega de que en la música también los mercados son lobos feroces, acreditando su canto contra el sistema -plantó a Universal en un comunicado que citaba a García Montero-, peleando a la contra con versos, prestancia y honestidad. Fascinado por la música estadounidense, desde Parsons a Lucinda Williams, desde Wilco a Ron Sexsmith, ha resistido todos los embates  pasando la prueba del nueve con un recopilatorio en directo, álbumes íntimos, discos exhuberantes como Avería y Redención Número 7, y trabajos de orfebre como el más reciente, Daiquiri Blues (Last Tour International, 2009), construido a base de ahorros en pleno epicentro de la música de raíz, Nashville (Tennesse), con la compañía de ejecutores estelares como Al Perkins (Exile on Main St.), Ken Cooner (exWilco) o el productor Brad Jones.

Tras ochos discos, Quique González acumula un catálogo de canciones sencillamente bonitas, con lo difícil que es. No es un cantante varado en los temas de autor, no es un cronista social, no salva patrias. Relata historias sencillas y traumas de amplio espectro, penumbras y luces inteligibles por todos, frustraciones y derrotas con las maneras de un poeta que baja a la calle. Pronto cierra con su gira Desbandados una ruta sin enchufes por toda España. En A Coruña descendió a la superficie de las canciones, acarició al público con letras propicias para una tarde de invierno. Quique ha construido la gira en torno al poder conductor de Jacob Reguilón al contrabajo, y otras veces al piano y la guitarra, un ancla en tonos bajos para mecer hasta la emoción relatos de signo más o menos amargo como Bajo la lluvia, Avión en tierra, Los Desperfectos. Karlos Arancegui, un tipo con muchos recursos, apuntala la sección rítmica apoyando la desnudez de las canciones como ya había hecho con Quique en la grabación de maquetas de Avería y Redención. Un corte emblemático del disco, La vida te lleva por caminos raros, representa a la perfección el bagaje de estilos de Quique en una road song concebida por otro, Diego Vasallo.

Quique es ya un artista con fondo de armario para salas y teatros, para ritmos frenéticos y ambientes callados. Temas que no salen al fragor de los conciertos como Nunca escaparán, nuevos himnos recientemente aclamados por su público como La luna debajo del brazo o Polvo en el Aire, e incluso versiones de otros como Tan joven y tan viejo de Sabina, hilvanan el fondo de armario que Quique González tiene ante sí. Con alguno o todos esos mimbres, español y americano, seguirá buscando su camino aunque vengan aviesas, seguirá dejando un legado.

Teatro Colón, A Coruña

9 de diciembre, 20,30 horas

25 euros

fotografía móvil de Bruno Rico

Lac La Belle, tocado de raíz

Detroit (Michigan), la ciudad de los coches y la Motown -el sello discográfico que catapultó a la música negra- abriga a Lac La Belle, un dúo visceral fundido en melódica simbiosis en las raíces del sonido de Norteamérica.Instrumentación sin propulsores, una sobria presentación y voces de correspondida armonía destilan la fragancia clásica de una apuesta intemporal por la honestidad y la esencia: blues, folk, country y fiebre honky tonk se intercambian en la afinación de guitarras resonadora y acústicas, el banjo, el ukelele, el acordeón y el fruto suculento del acervo cultural más arraigado.

Sus canciones despiezan historias de amor y soledad, problemas costumbristas, la suerte del destino que bullía en USA al comienzo del siglo XX; esperanzas, oportunidades, cambios, desigualdades en cuarto creciente. Lac La Belle, con segundo disco en camino y una lista de canciones para oír y descargar a precio razonable en su página web, son Jennie Knaggs y Schillace Nick yuxtapuestos tras la partida del fundador Joel Peterson. Rostro socarrón y voz trémula, él; tono, ella, de una dulce escalada, salvaje, tradicional. Entre la decadencia cotidiana, relajan los acordes añejos de madera crepitante, los golpeteos de piedras de hielo, la niebla despejada en los discos viejos.

18/11/2011, Café Pop Torgal (Ourense), 8 euros

Fotografía: Garrett MacLean en http://www.laclabellemusic.com