Las justas fidelidades de Quique González

Esta es una crónica sin orden, apresurada y con las frases sobrevenidas en dos noches consecutivas de concierto. Sala Capitol, Santiago de Compostela. Laboratorio de las Artes, Valladolid. 22 y 23 de marzo.

228800_10151566905065505_478126390_nAl final sumamos 27 canciones pero pudieron caer 40, 50, 60, 100 y la predilección seguiría in crescendo. No es nada fácil asentir otras carreras, mencionar a otros artistas nacionales que atesoren un repertorio ampliado de la manera talentosa y congruente con que Quique González se ha consolidado hasta arrendar el éxito con estilo. El público huye de la banalidad y ritmos fatuos para refugiarse en sus canciones. El público se congratula mientras canta sus letras de altura y le concede una atención innegable a su último disco, Delantera Mítica. Las expectativas tras cuatro años sin estrenos lo propulsaron a la cima de las ventas -hoy en día, a lo sumo, en vinilo o digitales- en las primeras semanas. Bajo los focos, acumula dos plenos de aforo completo. Fuera el hastío en sus primeras puestas en escena. Se escucharon coros y la gente predecía las canciones adaptadas al directo en las dos primeras fechas de la gira, Santiago de Compostela y Valladolid, viernes y sábado de una primavera lluviosa de un año gris, de nuevo. Salas repletas dominadas por la avidez cultural de la treintena y las prendas denim. Sin billetes ni la mística autocomplacencia de entonces, cuando Quique recalaba con su estuche y con su acústica, mismo aspecto desgarbado, misma timidez que lo reviste de una apariencia afable, en pequeñas salas semivacías en los mejores casos. Para los incomprendidos fans de últimas filas que cantan y rechistan, que cabecean y rechistan, que aplauden y rechistan porque cientos se han subido al carro y las chicas jóvenes paladean cerveza a la luz intermitente de whatsapps, Quique González recetó su medicina: ritmos nostálgicos que sonaron otra vez -Palomas en la Quinta, Salitre-, sonidos añejos -Torres de Manhattan- y la frase suficiente para arreglar una cita a última hora: Y los conserjes de noche, rockera, coreada, bajó las dos noches el telón tras dos horas de concierto para “los que estáis ahí desde el principio”. Idéntico set list, idénticas ejecuciones, la banda fabril ganando automatismos. A decenas de metros del escenario, asentía un seguidor de la vieja escuela metido en la camiseta de Esteban Granero, el 14 a rayas blanquiazules del Queen’s Park Rangers que atravesó a última hora del mercado la puerta insidiosa del Madrid de Mourinho. El canterano que leía a Carver en los viajes en autobús a los estadios desde hoteles glamurosos estaba entremezclado el viernes entre los más de 800 seguidores que abarrotaron la magnífica Sala Capitol de Santiago.

Delantera Mítica, un gran disco trufado de imágenes que se encadenan, historias translúcidas y alusiones a la fuerza y colisiones del amor y la amistad, se dibujó en sesiones caseras con Leiva y César Pop -un músico y amigo entregado como un fan más entre el público vallisoletano- y se armó en un envoltorio preciosista, al igual que el precedente Daiquiri Blues, en el estudio de Brad Jones de la icónica ciudad musical de Nashville, medio este norteamericano. El disco embarga detalles primorosos como la transfronteriza ranchera Dallas Memphis y anota tantos a favor de las causas antisistema -Dónde está el dinero?, Tenía que decírtelo-, porque de la devastación actual ya no se evade ni un asceta .

Quizá los 27 temas se repitieron una y otra noche para empastar con la cola del directo los sonidos de la nueva banda reclutada para la gira, que promete. Quizá para posibilitar la fórmula mágica que mantiene en orden la complejidad de las canciones. Cualquiera las fabrica y las arrumba en un cajón, muy pocos las mantienen imperecederas. El retornado Eduardo Ortega es el arquitecto de la atmósfera clásica y americana que caracteriza el regreso a la gira de Quique González. Violín, guitarras, mandolina remodelan un aire de la banda muy similar a la época de Ajuste de Cuentas (2006) y el anterior trabajo de estudio La Noche Americana (2005), un punto de inflexión. El grupo de Delantera Mítica -el fútbol, el boxeo, el baloncesto, el realismo de amor y desamor, lo bronco y lo onírico, las imágenes inconexas, las historias parceladas conforman una parte sustancial del libro de estilo de Quique González- juega con tres arriba. Tres guitarras en constante desfile de trastes, de la raíz al andamiaje, de la acústica a la electricidad en pentagramas diversos: casi es alta tensión en Hotel Los Ángeles, suena a pop campero en Caminando en Círculos, pulsátil en Kamikazes enamorados o la reciente Parece Mentira gracias a la batería de Edu Olmedo, en la primera, y al bajo, en la segunda, de Alejandro Climent; energía catalizada por los desvaríos de la guitarra de Pepo López en La ciudad del Viento.

Los 21 gramos del peso del alma que obsesionaban a Sean Penn eran los 21 gramos, sobre incluido, que alienaban día a día la labor insoportable de Bukowksi, no solo alcohólico sino el cartero -lo insufrible lo condujo al sufrimiento- obcecado con huir en una ruta infernal, contrarreloj, de estafeta en estafeta. El poeta perdido reapareció en el puente a modo de versos de mano de un Quique González desatado entre los látigos de guitarras y el aluvión de brazos al aire del público en 39 grados.

Adiós a las normas y tratados y a la letra pequeña de las multinacionales a las que dio un portazo. El músico que retrató a los tiburones discográficos -entonces los mercados eran zombis durmientes- con un poema inspirado en García Montero. No importa lo lejos que vayas, no importa que no te despidas, advertía el cantautor madrileño olfateando el micrófono en la mitad del concierto. El público entregado sucumbe sin salvedades en la especialidad del artesano del rock: los medios tiempos. Hasta que todo te encaje, Dallas Memphis, Su día libre, No encuentro a Samuel (un descarte soberbio que por fin salva el corte de un disco) o Delantera Mítica desarman toda resistencia en un perfecto embalaje de acordes acústicos, ambiente de violín, mandolina y slide, acompañamientos con escobillas y la elegancia que reviste el contrabajo. Sobre un sustrato innegociable de rock americano, Quique se desnuda solo una vez en el concierto y, sostenido a su voz se atreve a desmontar a Bob Dylan -hace años fue su telonero en Jaén- . ¿Estás dispuesta a jugártelo todo o será tu amor en vano?, plantea en un todo o nada, como siempre ha hecho.

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Fotografía: Ensayo general. Perfil de Facebook de Quique González

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Rock en estado puro, en el blog Esa canción me suena

“Soy independiente porque me juego mi pasta cuando voy a tocar”, entrevista en JotDown

Cronica en Rolling Stone

Crónica en Manta y Peli

Quique González, siempre dando vueltas, La Gramola de un Bar

Carlos Núñez, el mundo por descubrir

la fotoUn aura de filósofo y esteta rodea a Carlos Núñez (Vigo, 1971), al que nunca olvidaré cercado por el recogimiento en grado sumo en los prolegómenos de un gran concierto. Abstraído, hundido entre colores blanco y negro, preparando tal vez los viajes febriles de sus dedos por la superficie de las flautas o el punteiro, casi domesticando el aire en exclusiva, conteniendo la fuerza energética que relumbra sobre las cabezas del público cuando toca de esa forma virtuosa. “Como John Coltrane o Jimmy Hendrix”, realzó el periódico The Guardian. Ocurre en fechas señaladas como una forma de dominación de los tiempos, como la liturgia en un instante para desbravar el genio y la furia interior que lo dominan. En 2004, los músicos aficionados que completaban un concierto especial de cumpleaños se hicieron a un lado cuando el artista vigués prorrumpió, casi levitando, en el claroscuro del backstage. Sus instrumentos, flautas, gaita, ocarina, yacían como cuerpos inertes en la mesa de un forense. Él les insuflaba vívidos sonidos a pulmón. El bullicioso tic de espera de público y acompañantes calló al unísono. Treinta mil almas poblaban aquel día el auditorio vigués de Castrelos. La gaita detuvo el tiempo con un tono lacerante hacia la mitad del concierto: un desgarrador “Concierto de Aranjuez” asimilado hasta entonces como música templada sonó a llanto colectivo tras la reciente masacre del 11-M. Etiquetar a un músico innovador, polifacético, multicultural, armado de un genio torrencial, conlleva ser impreciso. Igual que reversiona pura tradición como Pasacorreidoras o la Muiñera de Chantada, ensaya conexiones con el flamenco, ejecuta bandas sonoras con la gaita, recupera el canto de afiador de Alan Lomax que en su momento inspiró a Miles Davis o se encastra con acierto entre pentagramas de música clásica e interpretaciones en directo con una orquesta sinfónica. “Hay que romper, claro que sí, pero amando y respetando lo que han hecho otros”, concebía al respecto Enrique Morente. Y Carlos Núñez se adueña por igual de lírica y ritmos trepidantes, de notas sostenidas y fraseos fugaces, de pureza y fusión.

El jueves, Vigo se entregó otra vez a la partitura inacabable del artista más global de Galicia, una tierra enquistada en el adiós, el éxodo y los agravios pese a las potencialidades que su músico referencial reivindica como un embajador. “El gallego nunca llega a cortar el cordón umbilical. Lo que llevo aprendido es que lo más universal que tenemos es la fuerza de esa Galicia milenaria. Ojalá seamos conscientes de esa riqueza que tenemos y, algún día, de valorizarla”, reflexionaba tras culminar, con un disco majestuoso de encuentros, Alborada do Brasil -The Times calificó el concierto presentación con 5 estrellas-, la investigación obstinada de la historia de su bisabuelo, un emigrante del que no se supo más hasta que Carlos descubrió el eslabón perdido de su doble vida: Maxixe de Ferro, un enigmático hallazgo en forma de canción firmada por un más que sospechoso Jose Maria Nunes en los años cuarenta de la Belle Epoque brasileña. Ourensano, vigués, gallego, cosmopolita, Carlos Núñez vive volcado en una búsqueda constante de nuevos mundos, en la emigración a territorios musicales conectados con el sonido celta, a nuevas formas donde hasta el rap resulta la horma de un poema de Rosalía de Castro. “La música gallega es el resultado de como somos nosotros. Y nuestra historia es clarísima: nos mezclamos. Por eso tiene todas esas vías posibles. En Galicia están estas autopistas, esos ‘fíos máxicos’ como los llamaba Manuel Rivas, que nos unen con Irlanda, Escocia, Portugal, Brasil, incluso con el flamenco. Todos esos mundos somos nosotros”.

“Recuerdo cuando no era más que un chiquillo, un crío imberbe pirrado por todos aquellos grandes músicos. Absorviéndolo todo”, introduce Miles Davis en su autobiografía. A los 12, Carlos Núñez se subió al escenario junto a la Orquesta Sinfónica de Lorient y antes de su despegue en solitario en 1996, ya se había convertido en el séptimo Chieftain. Quince años más tarde, nadie le discute como exponente principal de la música exportada desde Galicia. “Discover” es su último disco, una panorámica construida a base de toda su carrera, sus influencias y colaboraciones -desde Ry Cooder a Carlinhos Brown, desde Vicente Amigo a Compay Segundo-, que lo mantendrá en una gira sin descanso por Reino Unido y Alemania en enero y febrero tras haber recalado ya, con éxito, en Estados Unidos.

Con el aforo repleto de 1.400 butacas, Vigo devoró con entrega las 29 canciones del repertorio antológico de Carlos Núñez en el Auditorio do Mar, un enclave con cuerpo de petrolero y tripas de barco de cruceros, pero escenario pese a todo simbólico, varado a la orilla del puerto y la ría de Vigo. El músico, que salió al escenario entre sonidos ambientales del mundo marinero, tocó cumbres en la interpretación de “A Rianxeira”, el himno oficioso de la ciudad que concitó un acompañamiento brazos en alto como una ola de altamar, el cierre de “Aires de Pontevedra” o la espectacular interpretación del Bolero de Ravel; ejerció de mentor de una plétora de jóvenes gaiteiros gallegos que lo secundaron en temas como el oscarizado Mar Adentro, obra de Alejando Amenábar; y profundizó en su estudio permanente de la música gallega, la que ya se vislumbraba en el grupo Matto Congrio, época de la que permanece “Camiño de Santiago”, otra marca gallega que trasciende fronteras. En ese afán de descubridor, con el respeto y sabiduría de un etnógrafo, Carlos puso en escena seis de las Cantigas de Martin Códax, obras del siglo XIII recuperadas del olvido. Logró armonizarlas en Brasil al abrigo de las voces ilustres de Milton do Nascimento o Chico Buarque y en Vigo cedió la voz a una joven gallega. Fue el resuelto modo de tocar la zanfoña de una niña de 8 años de Narón la colaboración que, no obstante, más cautivó al público durante dos horas de diversidad, puentes tendidos y todos los mundos ya descubiertos y aún por explorar por Carlos Núñez, escudado por su hermano Xurxo y Pancho Álvarez, dos músicos de altura que lo complementan, así como por una violinista irlandesa de 20 años. Cuba, Brasil, Irlanda, Bretaña, Escocia, Japón, Estados Unidos configuran el universo conocido del vigués, un artista planetario nacido del Finisterrae. Pero la exploración de nuevos mundos continúa. La próxima frontera, poner música a la Vuelta ciclista a España.

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“Vigo arropa a Carlos Núñez”, crónica en Faro de Vigo, 28/12/12

“El gaiteiro Carlos Núñez, héroe de nuevo en su propia ciudad”, crónica en Atlántico Diario, 28/12/12

“España ha apostado por exportar solo el flamenco, y es una pena”, entrevista en ABC, 13/11/12

“Carlos Núñez desentraña Brasil”, Faro de Vigo, 26/11/2010

“Lo más universal que tenemos es la Galicia rural”, Faro de Vigo, 26/11/2010

“La gaita de Núñez vuelve a sonar en Estados Unidos 11 años después”, El País, 30/9/2012

Wayne Shorter, leyenda y renovación

Shorter se agachó pesadamente a silbar al micrófono y el fino sonido inquietaba como los ladridos amargos que emergen en el Bitches Brew, el espeluznante álbum de Miles Davis de 1970 que tocó la cumbre de la fusión, que abrió la caja de Pandora entubando al jazz melodías eléctricas. Allí estaba Shorter. Ya entonces afilaba pentagramas con el poder incandescente de su saxo soprano, lírico y evocador, ácido como el veneno que te carcome por dentro.  Durante 56 minutos se manifestaron al menos las dos últimas generaciones del universo del jazz, este miércoles, 42 años más tarde del hito fraguado con Davis, en una apabullante puesta en escena del cuarteto que envuelve la creatividad y el misticismo de  Wayne Shorter, una leyenda viviente, casi una religión para auditorios ávidos. En A Coruña, enclave del festival de primeras figuras JazzAtlántica, todo sucedió con calculada improvisación desde que el saxo recaló sin aspavientos en un Teatro Rosalía con la guardia baja, sin tan siquiera un momento para aplaudir hasta el cabo de una hora. Un corte evolutivo, cambiante, de compases en estampida y un concepto extensísimo, conducido desde un inicio inquietante a una explosión volumétrica en el arreón final, anticipó en 56 minutos de viaje panorámico la línea del resto del concierto: temas experimentales empastados a la perfección. El cuarteto ejecutó tres composiciones sin resuello y concedió un bis por la vía rápida ajustando el metrónomo a la hora y media de concierto. Prácticamente los aplausos de antes y después del añadido duraron más. La mente y las bocas abiertas, ni te digo.

Desde los clubs al teatro. De los géneros que prorrumpían a la infinita improvisación. Más de cuatro décadas de carrera y seis premios Grammy consolidan el mito. Shorter formó parte de la escuela del bop que supusieron los Jazz Messengers, asumió el relevo del indomable John Coltrane en la superbanda de Miles Davis que se asomaba al futuro y salvó bajo su batuta el desfiladero del jazz de fusión. Entremedias encontró la excelencia creativa en dos obras antológicas: el disco cinco estrellas Speak No Evil (1964) y Adam’s Apple (1966), ambos cobijados por el sello Blue Note -ahora EMI- con el que lanzará nuevo disco en 2013. En la recta final al lado de Miles Davis, In A Silent Way (1969) marcó el camino rupturista que nadie vislumbró igual que el privilegiado Príncipe de las Tinieblas. Wayne Shorter participaría después junto al teclista Joe Zawinul en la fundación de la banda que abrigó todos los estilos, Weather Report, cuna posterior de Jaco Pastorius. En los 80 convergió incluso con Santana.

Shorter, legatario del primer jazz frenético de los clubs y la noche, pionero de la fusión propulsada a partir de los 70,  se acompaña en su otoño vital por el pianista Danilo Pérez, timón de la sección rítmica; Brian Blade, un batería inconmensurable; y el contrabajista John Patitucci. Yendo y viniendo como el leitmotiv de una música en común, en A Coruña construyeron dimensiones múltiples, continuas capas de sonido superpuestas como la sucesión de anfiteatros que el público abarrotó en el Rosalía.  Firme en las escalas del saxofón -recurrió mayoritariamente al poder lírico del soprano-, la leyenda se humanizaba al despegar la boquilla. Shorter se movía encorvado entre el péndulo escénico de luces y oscuridad. Su cuerpo de anciano apoyado en el piano, o dando pasos renqueante, transmitía una imagen falaz. Pocos octogenarios entienden tan bien la renovación imparable. Pocos como Shorter conciben la música como onda expansiva.

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Fotografía: recurso de International Music Network

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La evasión esencial de Norah Jones

La hipnosis es una atracción melódica en la voz candorosa de Norah Jones, pausada y poderosa como la terminación en resaca del mar sin esclusas, un torrente que irrumpe, amplía o circunvala paisajes clásicos y otros conceptos más aparatosos donde el pentagrama es un acelerador. Un trasfondo de historia de desamor y la producción de apuesta vanguardista de Danger Mouse (Gorillaz, The Black Keys) arman en Little Broken Heart, su último disco, el que consagra el cambio, una escena poliédrica de estilos donde el ambient y el pop se dan la mano en la dulce representación de Norah como lugar común. Diez años de acertada evolución a nuevos mundos sin traiciones contemplan su carrera, rampante, intransferible.

Emancipada de únicas etiquetas, en el escenario emerge como una sensación orgánica que no falla. La piel como diana. La canción que hace rasguños, en acordes suaves donde el piano lleva el timón, o trepidantes escenas donde la música se expande y se ensortija. Sin anclajes pero sin olvido, raíces, sonidos primarios y música de andamiaje y deconstrucción se alternan en un repertorio articulado sin intermedio, que el sábado duró hora y media en una plaza de toros cubierta de Lisboa, en un sobrio escenario rescatado por luces cromáticas intermitentes y un decorado de ensoñaciones de pájaros de papel. La atmósfera personal y vulnerable idónea para redimirse.

Tres bises en un set acústico, con la banda y la artista neoyorquina de origen judío junto a un solo micrófono pertrechados de cuerdas y acordeón, estilo vernáculo, auténtico, callejero, arrullaron a los 3,000 que abarrotaban la grada del Campo Pequeno de Lisboa, sede de intercambios de sonido clásico y nuevas cadencias que aporta en ocasiones la banda (bajo, teclados, batería, lead guitar y pedales) en una montaña sonora por estratos. Para finalizar un concierto de una veintena de temas, Norah Jones desarmó la crítica y conquistó voluntades. Tres canciones consecutivas susurradas sin embalajes por un micrófono omnidireccional dejaron un final mezcla de admiración y una sensación turbadora como su belleza. Sunrise, Creepin’ In y un Come away with me conquistador hasta el tuétano rubricaron la actuación con una catedral a la sencillez.

Antes ya había derrumbado la exigencia con un guiño a su disco más universal, “Come Away With me” (2002), aquel que la catapultó a las estrellas con 8 premios Grammy y todos los focos. El piano arropó la soberbia intrepretación vocal en temas que concitaron todos los ojos y oídos, como Cold Cold Heart, un clásico de Hank Williams inscrito a fuego en su repertorio y publicado en el CAWM, Don`t know why o la reciente Miriam, con la que heló la sangre en una interpretación sublime. En la parte inicial, Norah Jones concentró varios temas de su nuevo disco -Good Morning, Say Goodbye, Take it back, Little Broken Hearts- con otros que marcaron la senda estilística años atrás, caso de la majestuosa Chasing Pirates (The Fall, año 2009), ejecutada mediante un final arrollador de la escuela Wilco.

En un ida y venida desde la innovación a la esencia, las piezas casaron y la banda sonó polifacética. Funcionaron los ritmos adulterados -All a dream, Happy pills- y las ejecuciones root con Sinkin Soon’ como cumbre, una oda al Nueva Orleans de las brass band, el bourbon y el sudor, escalofriante. Hubo espacio, antes del éxtasis acústico del final, para que los teloneros Cory Chasel, un dúo de Nashville aferrado al folk, compartieran escenario ayundando a recuperar del baúl Hickory Wind, un clásico de la música norteamericana firmado por Gram Parsons.

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Norah Jones, pop con esencia – El Periódico de Catalunya, 22 de septiembre de 2012

Madrid se cobija de la lluvia bajo la cálida cercanía de Norah Jones – EFE, 23 de septiembre de 2012

La arqueología musical de Bill Wyman

«En julio de 1961, Mick obtuvo una plaza en la Escuela de Economía de Londres. Un mes después de comenzar las clases se encontró con Keith en la estación de tren de Dartford. Mick llevaba bajo el brazo unos discos de rythm&blues importados de Chicago y Nueva York. Tomaron el tren y hablaron sobre Chuck Berry. Acordaron citarse de nuevo para escuchar los discos de cada uno».

Documentado con la perenne frescura de las anotaciones que registró en su diario, con cientos de fotografías y recortes de la prensa del momento, con la distancia del que fue el stone más comedido, Bill Wyman rememoraba milimétricamente en su libro Rolling with the Stones, editado en España en 2003, el disruptivo punto de partida y el posterior camino trepidante que condujo al parnaso a los Rolling Stones, la banda de rock por antonomasia donde el bajista sirvió durante tres décadas de insumisión, creatividad y cambio (1962-1993), desde la mirada escandalizada por la irreverencia del grupo que enarboló la bandera de la contracultura, a la redención mesiánica de una formación que 50 años más tarde -quién sabe si habrá otra gira- conserva sin explosiones la fórmula inflamable de éxito, mito y misterio.

A la hora y media de concierto, una interpretación enérgica de Honky Tonk Woman transformó la indolencia por momentos en un coro de aplausos y vivas el martes en A Coruña, en un auditorio Palexco semivacío, discutible elección con las localidades encastradas en pasillos largos y estrechos, difícil encaje frente a las formas de un concierto de puro sonido, de reminiscencias sin descanso a la época dorada de los 60 de los sellos Decca, Chess y Motown. Bill Wyman, rodeado de un elenco de músicos de renombre bajo la etiqueta de los Rythm Kings, con electricidad, ritmo y viento, cimentó melodías clásicas embridando con sus cuatro cuerdas de bajo eléctrico canciones bandera de soul, rock and roll y blues. Escudero excluido de algunas grabaciones míticas de la era dorada de los Stones como Beggars Banquet (1968) y Let it Bleed (1969) pero testigo en el estudio del extraordinario Exile on Main Street (1972) y el anterior Sticky Fingers (1971), una obra que perdura más alla de la música, como el propio Wyman, dando nombre a su restaurante de Londres.

Más aristas que la música definen a un personaje polifacético: escritor- ha publicado 7 libros que han vendido dos millones de copias-, fotógrafo y aficionado cazatesoros, hasta el punto de que un detector de metales lleva su nombre. El afán de arqueología y sus fidedignas postales en la banda que blandió el legado de la música negra, redundan en su actual metodología mientras, quién sabe, quizá ansíe aún regresar aunque solo sea por un día a la satánica formación, eterna, inmersa ya en los preparativos de su medio siglo en la cima.

La gira española de Bill Wyman de tres conciertos concluyó el martes en A Coruña con un estilo irrenunciable de temas originales y composiciones que nunca recibirán sepultura. El bajista reposó en las grandes dotes de sus acompañantes de primer nivel, incrustado en la parte central del escenario pero en una segunda línea. Mención aparte para Georgie Fame, un nombre en letras de molde en la historia del rythmn and blues. Habitual en la banda de Van Morrison, el organista se satisfizo con el estribillo de Moondance en el puente de Hit the Road, Jack, en una versión extendida que junto a I Got a Woman mentaron a Ray Charles. También hubo espacio para el vaivén irrefrenable con You never can Tell, de Chuck Berry, la única vez además de Honky Tonk Woman en la que la estrella de cartel se acercó al micrófono para musitar su voz. Negra, desgarrada y candente, la vocalista Madeleine Bell dejó de piedra con interpretaciones sensibles en I just wanna make love to you, de Etta James, o la grandiosa Dancing in the Street, grabada originalmente por Martha & The Vandellas, el desenlace de un repertorio imperecedero, puro y honesto. De leyenda.

“Nunca he tenido problemas para rodearme de buenos músicos”, La Opinión de A Coruña

“La música ya no es mi prioridad”, El Correo