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El salón de Ron Carter

El ancla de Miles. El líder que hace fluir el caudal rítmico de su cuarteto y alza la voz desde un instrumento de backliner. El bonachón que disfruta de un café. Todas estas facetas centellean en Ron Carter (Michigan, 1937), un hito en la historia del jazz.

A las once del miércoles, Renee Rosnes (piano), Payton Crossley (batería), Rolando Morales-Matos (percusión) y Sir Ron Carter (contrabajo) ejecutaban al alimón la coda que puso fin al primer tema de la noche, una suite de una hora de duración. Entonces la estancia del Café Latino estalló en aplausos y Carter, un libertador del contrabajo que ha dejado pegada de sobriedad, elocuencia y talento en más de 2.500 álbumes de jazz, susurró un agradecimiento lacónico al micrófono.

“Welcome to our living-room”, dijo desde el púlpito del café y enfundado junto a sus tres sideman en un esmoquin que lucía impecable como lo hace su swing. Parco en palabras, relanzó el fraseo agasajando gentilmente a un público dechado, respetuoso con el silencio, generoso en los elogios, al que apenas decidió guiar por su credencial. Carter, un bajista formado de niño en la música clásica y catapultado al abrigo de Eric Dolphy, Chico Hamilton o Cannonball Adderley al inicio de los 60, prestigia la versatilidad de un instrumento acostumbrado, salvo excepciones, a deslucirse en beneficio del grupo.

En las venas y en su rostro, enjuto pero sintomático cuando toca, lleva impreso el tamiz del que, aunque quisiera, nunca podrá despegarse. En el Café Latino de Ourense (donde en un extremo del frontal del pequeño escenario, lo proyecta un retrato suyo de su visita anterior) exhibió la herencia de Miles Davis, el portador del genoma de la evolución del jazz. “El príncipe de las tinieblas” dio abrigo a Ron Carter, entre 1963 y 1968, en uno de los quintetos más memorables: Davis (trompeta), Herbie Hancock (piano), Tony Williams (batería), Carter (contrabajo) y Wayne Shorter (saxo). Ron relevaba en las cuerdas a Paul Chambers, acompañante de lujo en Kind of Blue (1959), el disco de jazz más comercializado de la historia y probablemente el culmen musical del género.

Una formación que caducó justo antes de la fase eléctrica de Miles y que dejó para la posteridad grabaciones como Filles de Kilimanjaro, Miles in the Sky, Seven Steps to Heaven o Nefertiti. Tal y como recoge Eduardo Rodríguez, gerente del Latino, en la reseña impresa del concierto, Miles Davis recuerda la relación con estos músicos de la siguiente manera: “Yo tenía fe en Tony, Herbie, Wayne y Ron para tocar cualquier cosa que deseáramos… Si yo era la inspiración, la sabiduría y el eslabón en esta banda, Tony era el fuego, la chispa creativa; Wayne era el conceptualizador de muchas de nuestras ideas musicales, Ron y Herbie eran las anclas. Yo solo era el líder que nos reunió”.

En “Foursight”, denominación con la que ha bautizado a su cuarteto, Ron Carter, bigardo, de un envejecimiento amable, reparte protagonismo y fomenta el diálogo sin arredrarse de la luz del foco. Lo hace en un conjunto teóricamente descompensado, porque solo cuenta con sección rítmica, pero en el que cada cual atesora relevancia en el transcurso del concierto. La pianista, acentuando y respondiendo el hilo conductor de Carter; el batería, acompasando unas veces, desencajando otras las vibraciones del doble bajo; el percusionista, desvariando hacia interesantes ritmos afroamericanos, latinos, samberos y orientales. Este, un puertorriqueño que ha colaborado en la banda sonora de películas como El Rey León o La Pantera Rosa, es un pizpireto, virtuoso y vivaz intérprete con un amplio catálogo de instrumentos: timbales, campanas, shekere, caja china, crótalos, gong, triángulo (ejecutó con él un solo indescriptible), carrillones y todo lo que mi memoria olvide o pueda desvirtuar.

Ron Carter y el cuarteto tocan fieles a la emoción, exudan elegancia y revisitan algunas de las composiciones fraguadas con Davis. Una sobrecogedora versión de My Funny Valentine y Seven Steps to Heaven dieron fe viva del legado del genial trompetista.

Además, Carter varó en otras playas, al lado de músicos como Bill Evans, BB King, McCoy Tyner, Gerry Mulligan, Dexter Gordon, Milt Jackson, Stan Getz, Coleman Hawkins o Freddie Hubbard, con el que junto a sus compañeros de los 60 reeditó el magnetismo del Quintet años después. En todas las incursiones, el sonido de su contrabajo destila elegancia, gracilidad, perfección, templanza. Desde el Café Latino dimensionan sus más de 20 años acogiendo jazz en una ciudad diminuta y periférica, repitiendo una cita que ya es un mantra: “músicos gigantes tocando en un pequeño café”. Ron Carter es el ejemplo.

Fotografías: Jesús Regal

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Acerca de @javier_fraiz

Nací en Ourense en 1986. Estudié Periodismo en la Universidad de Santiago de Compostela. Soy redactor en Faro de Vigo. Y melómano, de esos que tararean una canción trascendente, no de quienes las explican. Me gusta el fondo de esa frase de Bukowski: "Encuentra lo que te apasiona y deja que te mate"

3 Respuestas a “El salón de Ron Carter

  1. Bravo…. Me quito el sombrero señor J. Fraiz ….. desde luego la descripción del concierto está a la altura del mismo. Un saludo!!!

  2. Xenxo

    Son muchos años ya compartiendo kilómetros, barras de bares, jack daniels, winstons y conciertos… ya se echaban de menos tus crónicas, reseñas, comentarios, opiniones, artículos, críticas, notas… musicales. Un saúdo.

  3. Pingback: Ácido y sudor | la gramola de un bar

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