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Quique ya no cambia (Quique, no cambies)

imageDe Billie Holiday, que maduró a la fuerza en los cabarés-burdel, decían que cantaba en un tono doliente y quebradizo porque le apretaban los zapatos. Alguna angostura tiene que aquejar a la niña del 5º E, invadida por el llanto, puntual como la gripe, cada noche a las 2 de la mañana. Yo escucho “Pequeńo rock and roll” y la Gibson y la armónica de Quique me subliman como la heroína a John Coltrane. Digo que es nuestro Dylan, nuestro Jeff Tweedy, pero sin alharacas. Que alguien capaz de “La luna debajo del brazo” no es un cualquiera. En España solo locos de remate o artistas pluriempleados se exponen a sufrir, a fajarse con estilo desde abajo. Fuera de la radiofórmula, tiritas. Los músicos curritos van pagando las facturas con los derechos de televisión, arreglos o colaboraciones que los arrinconan en algún margen del libreto.

Ahora tecleo desde el Jam Session de Ourense, donde Manuel Carballo, un guitarrista melenudo que te puede tumbar de un riff, regenta una barra de bar mientras piensa en canciones.

Las taquillas de los conciertos solo funcionan si son la antesala de un gin-tonic. Carecemos de tipos auténticos con otras miras. Y Quique González lo es, a buen seguro que lo es. Me redimía de la adolescencia y salté sin solución de continuidad de Sabina a Quique. Soñé con escenas de “La Noche Americana” saboreando las sábanas de un hotel solitario. Escribo en primera persona, que es la bandera de cada aficionado, y es lo que nos queda. Todas mis mujeres, en especial las que ni me conocen protagonizaron sus canciones míticas. Como “La Ciudad del Viento”, como la fascinante “Me lo agradecerás”, como una polizón de “Avión en tierra” (últimamente, sin la coda del Downtown Train de Tom Waits).

imageQuique ha escalado desde los clubs de Madrid de la falda de Enrique Urquijo a rebosar aforos medios y cargar en la maleta influencias y canciones que, por filosofía, miran a USA. Acumula melodías para soportar inviernos con su estilo personal de componer encadenando imágenes como soporte de historias de amor, amistad, juergas, desazones. Tanto ha crecido que hasta Rolling Stone le ha dado un premio. Mmm, mascullan con cierta aversión sus fans primeros. Desde la revolución de “Avería y Redención”, su obra de mayor desenfado, la línea de sus trabajos se ha instalado en el cauce de la americana. En 2001 marcó el camino “Salitre 48”, un disco fraguado junto a músicos mayúsculos como Carlos Raya (un gigante) o Paco Bastante, que delante del texto de “La Ciudad del Viento” se inventó una melodía.

Tras un accidente casero que trastocó su gira, el pasado fin de semana reapareció con un repertorio casi idéntico en Alcobendas y Valladolid. Con una banda de estilo de rock clásico y el genial instrumentista Eduardo Ortega (violín, mandolina, guitarras) realizando la envoltura que define a Quique. Carlos Raya confiesa en “Quique González. Una historia que se escribe en los portales”, un libro de retazos biográficos del periodista y músico Eduardo Izquierdo, que su reencuentro, bien en giras o canciones a dos manos, recordando aquella etapa sublime con los Taxidrivers, será “inevitable”.

El madrileño, tranquilo y noble a un palmo, no le pone plazos. Asegura estar a gusto con la formación que lo secunda ejecutando, sin alardes pero de forma impecable, modos donde la lírica y el rock son primos hermanos. Un 60 % de la fórmula mágica de las canciones son la letra, “como poco”, dice Quique. Fervoroso del boxeo, encaja con sonrojo los halagos. “¡Ah! Me encanta, me alegro mucho”, responde un tío muy normal que se sube a un escenario y desarbola. Nińas guapas, cuarentones, parejas, lo jalean.

imageDos veces ha desembarcado ya en Nashville, en el estudio de Brad Jones, con canciones cinceladas en casa, al término de noches de euforia, arrobado con su amigo César Pop como un fiel acompañante de correrías al piano. Hay una canción en “Delantera Mítica”, su trabajo más reciente, ya el noveno, que saca a pasear a su perro Samuel (rest in peace) en un medio tiempo de sal y derrotas. Salvando las distancias, suena como Van Morrison. En el ambiente pausado o en canciones desnudas, el madrileño refugiado en Cantabria cautiva. Y el público febril en “Vidas Cruzadas”, se arrellana, con la piel a la expectativa, como el gato que se guarecía de la tormenta bajo la mesa en aquel cuento de Ernest Hemingway.

imageCon las multinacionales, antes de toda guerra con los mercados, Quique no claudicó. Envidó a las grandes cuando los aforos le venían grandes. España era un país, entonces, donde los cedés se vendían por miles. Ahora las tiendas son reuniones de nostálgicos, casas de citas antes de un concierto. Pocos mejores que el de Quique. “Si acabo con 70 ańos en un piano, tocando en un hotel, con frac falso y barba toda blanca, pues será mi destino y estará bien; me seguiré dedicando a la música”, predijo hace poco. De vuelta a sus 41, mientras sus backliners embalaban la escena y guardaban en estuches, en cajas, en un furgón, las armas del delito, González comparecía con una Cruzcampo, recibiendo, tímido, a fans por goteo en el camerino.

PD: mis gatos 1008 y Norah te lo agradecen.

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Las fotos, certeros disparos del concierto de Alcobendas, son cortesía de Mónica Arévalo Gómez. Tienen todos los derechos reservados

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Acerca de @javier_fraiz

Nací en Ourense en 1986. Estudié Periodismo en la Universidad de Santiago de Compostela. Soy redactor en Faro de Vigo. Y melómano, de esos que tararean una canción trascendente, no de quienes las explican. Me gusta el fondo de esa frase de Bukowski: "Encuentra lo que te apasiona y deja que te mate"

5 Respuestas a “Quique ya no cambia (Quique, no cambies)

  1. Muy bueno el post… y siempre grande Quique! 🙂

  2. Y Quique también, of course!

  3. Robert Capa ⋅

    Magnífico artículo y magníficas fotografías.

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