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Música, capullos

imageLa mística y la solemnidad hasta el extremo prevalecen sobre la comodidad en lugares totémicos que, como el “Village Vanguard” de Nueva York, prohíben los cafés para no interferir con los conciertos. Se consagra el respeto a la música, se practica esa reverencia que Wayne Shorter enseńó a un bisońo trompetista de 19 ańos que se llamaba Wynton Marsalis: “Las notas son como las personas; debes levantarte y saludarlas a todas”.

En el Café Central de Madrid hay ambigüedades. Al tercer compás, la espalda suena a carrillón. Bien hasta ahí. Los músculos duelen para que se afile el oído. Pero la sala, que arroja un ancla a un pasado demodé, se hacina y apenas quedan centímetros para refugiar el escenario. Podría admitirse el tintineo de whiskys y gintonic y la omnipresencia de camareros que funcionen como sideman. Pero no hay frontera entre las cenas de comida de batalla (ostensiblemente más cara, por cierto, entre las 21 y 23 horas) y un blues de Dexter Gordon con el que Bob Sands, saxo tenor de Estados Unidos, culmina otra de sus 15 noches en fila.

El americano se entrega al swing de “Backstairs”, otro tema del autor de “Go!” y “Our man in Paris”, como un hombre ceńudo a un lateral de la tarima de los músicos se afana con un bistec.

“Aquí tampoco atropelláis a los policías?”, dijo un Coltrane sardónico al taxista que remedió como pudo un mal adelantamiento. Era el Paris de los 60, el que lo llegó a repudiar al principio, porque anhelaba “Naima”, “My favourite things” o una continuación de su enlace con Miles, en lugar de aquel estrambote (quién lo diría) llamado “A Love Supreme”. En una ocasión, airado, Trane abandonó el escenario dejando colgada a la sección rítmica, que concluyó la ejecución como pudo con cara de buenas tardes.

Mucha literatura hay sobre los artistas imposibles, como Van Morrison, que solo concede “Moondance” reproduciéndola de un disco finalizado el concierto. O Dylan, con el que tendrás fortuna si se ladea al tocar en algún momento y deja de dar la espalda. Cualquier parecido de “Like a Rolling Stone” con la melodía asimilada de generación en generación será pura coincidencia. O Ryan Adams, que invitó a abandonar la sala a un fan que no dejaba de llamarle “Bryan”.
De esta mayoría nada silenciosa, de los capullos, existe menos bibliografía. Aunque todos los conozcamos por reiteración. Siempre suelen estar al lado o delante en los conciertos. Pueden estar cuchicheando con su novia durante el “Greenville” de Lucinda Williams, haciendo una gracieta por la que lo haga sonrojar Coque Malla, planificando el resto de la noche en Coruńa en un medio tiempo de Eli Paperboy Reed o masticando a dos carrillos y 50 decibelios mientras Bob Sands intenta culminar su balada desde el puente. Y no obstante cumple, abnegado, y suelta la coletilla: “Es el mejor club de jazz de Espańa y uno de los mejores de Europa, o sea, del mundo”, que es más o menos parafrasear el sentimiento de amor incondicional desde la infancia que proclaman todos los fichajes de invierno del Madrid.

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Acerca de @javier_fraiz

Nací en Ourense en 1986. Estudié Periodismo en la Universidad de Santiago de Compostela. Soy redactor en Faro de Vigo. Y melómano, de esos que tararean una canción trascendente, no de quienes las explican. Me gusta el fondo de esa frase de Bukowski: "Encuentra lo que te apasiona y deja que te mate"

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