Morgan, una banda para quedarse

morgan santiago

Se ha puesto difícil disfrutar en soledad de una banda de música nueva, regodeándose en la habilidad o en la suerte de haber descubierto (tú y nadie más) un grupo con todo el futuro de cara. Youtube, Spotify, Twitter y Facebook han acabado con los seguidores exigidos, que rebuscaban en las tiendas de discos hasta dar con la clave, que incluso ya en la era moderna se bajaban un disco por error y lo exprimían como si fuera sólo suyo para siempre, sintiéndose originales, exclusivos. Hoy un mensaje en la red puede impactar a la vez en fans antagónicos; ya no somos los primeros ni siquiera los mejores. Si algo hay que reconocerle a internet, a su influencia en la música, es que pese al exceso de oferta, lo bueno se abre espacio de manera inevitable y llega a todos los oídos dispuestos a escuchar. Ayer, en Santiago de Compostela, la banda española Morgan llenó una sala pequeña con absoluta naturalidad. Más o menos 200 personas en el concierto de un grupo debutante, con un solo disco bajo el brazo. Era un público fiel, que se sabía las canciones en inglés, que se entregó con ovaciones y largos y sonoros aplausos. Que incluso dosificaba el uso del móvil para lo que viene siendo habitual.

Morgan es una banda que te rescata de los malos pensamientos, que te hace feliz. Qué más se le puede pedir a un grupo. Ha conseguido en dos años lo que le llevó más de un disco y una gira a su mejor portavoz: Quique González. El autor buscaba una voz femenina para uno de los temas de su último trabajo, “Me mata si me necesitas”. La primera elegida para el dúo en “Charo” falló. Entonces apareció Carolina de Juan, Nina, de 26 años, dotada de una voz con una tesitura muy poco frecuente, dulce y áspera a partes iguales, y sin prever, como la vida. Una mezcla de Norah Jones y Lucinda Williams. Lo más parecido en España a Janis Joplin.

Dice Nina, autora de todas las canciones, hija de padre guitarrista y madre vocalista, que los discursos no son lo suyo, que menos mal que canta. Y cómo lo hace. Tan decisiva en medios tiempos como “Weather” y “Home” (el single no oficial de su disco, un tema contagioso), como apabullante en canciones energéticas como “Roar”, cuyo crescendo del final en directo es brutal. Habrá que esperar a lo que depare el segundo disco, pero sus capacidades sobran sea cual sea el género. Es capaz de enternecer en composiciones en formato balada, como “Volver” -la única en español de “North”, su primer trabajo, grabado en los estudios La Cabaña con José Nortes como productor-, así como incitar al baile y la diversión, en “Thank you”, por ejemplo, el arreglo más funk de todo el disco.

Morgan es una banda clásica en su composición y en el estilo: rock en sus múltiples facetas. No es casualidad que fuera uno de los grupos elegidos para participar en un directo homenaje del 40 aniversario de The Last Waltz, el concierto despedida de The Band, filmado por Martin Scorsese. Los de Nina interpretaron “The Night they drove old dixie down”, un tema mítico que se ha colado en su lista de los directos.

Es clave en el resultado sonoro el buen hacer del cofundador del grupo, Paco López, muy incisivo con la guitarra eléctrica, muy gestual; presente en la mayoría de los coros. Toda buena banda necesita un buen teclista y para eso está David Schulthess, “Chuches”, según Quique González, a cuya banda actual acompañan en gira tanto él como Nina. Ekain Elorza a la batería y Alejandro Ovejero completan a Morgan, una formación con un tremendo futuro pero que ya está aquí, para quedarse.

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Lady Lamb, una intimidad poderosa

lady-lamb@javier_fraiz

Aly subraya en Twitter que se ha sentido como una princesa. Es un momento esporádico de dulzura, como en algunas de sus canciones, que empiezan tenues hasta que estallan y se ponen rudas. Lleva los pantalones rotos -bromea- por una gira de 2 meses por Europa. Hoy, domingo, el último día, está sola. Ella y su Fender eléctrica. Bueno, y setenta personas que llenan el salón exiguo, siempre hospitalario, del Torgal de Ourense y se arroban con su voz, que juega a las emociones: te mece con un estilo discursivo y de repente brama y te agita.

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Desnudo integral de Quique González

carta blancaEn el hotel cogió el papel del minibar y escribió un dictado. Otros tuitean besos y dominan Instagram, él gratifica al público, que también ha corrido riesgos. Quizá leas estos días en Facebook cómo pide ayuda para elegir una canción. Hazte cargo; son abrumadores el repertorio y la riqueza semántica de un tipo para el que las frases pesan “un 60%, como poco”. Recuerda que, en su día, dijo a una multinacional: “Si queréis ganar dinero, contratad a Miliki”. Observa que aún se declara encantado de colgarse la guitarra y “salir ingenuamente a por todas” a pesar del “mamoneo de los medios de comunicación”. El sábado en Salamanca se vistió con americana y camperas, y lógicamente se quedó desnudo. Tal vez desconfiado de su estado actual, con el auditorio lleno, volvió rápidamente sin haberse ido, como pidiendo disculpas por estar sólo él en su gira en solitario. El público elegirá las canciones hoy y las próximas noches del mismo modo que las canciones eligen al público; lo apresan y ya no lo sueltan. Esos versos de “Piedras y Flores” te asaltan en duermevela. La dosis asumible de amargura de “Pequeño Rock and Roll” y “En el Backstage”. Es Quique González el que sortea como un púgil abotargado el espacio entre sus tres guitarras Gibson y el taburete capitoné del piano de cola. Una pequeña estufa y una mesita refuerzan la hospitalidad. Da las gracias y, al final, hace un remedo con ese agradecimiento de los actores aficionados; a medio camino entre una genuflexión y un paso de polka. Ha vuelto a los teatros, a una escena sobria, al sonido austero. Esta es la gira de desnudo integral de Quique González. Trastes y voz no restan un ápice de energía. Te escucha y canta lo que dices: “Calles de Madrid”, “De haberlo sabido”, “Hasta que todo encaje”. Te escucha incluso a ti que, voz en alto, insistes con una canción extemporánea para el espacio próximo, austero, en el que los versos, acordes y algún punteo tenue van pasando por delante, en ristra. Un móvil prorrumpe nada más comenzar el concierto. “Gracias que tengo tiempo de afinar”. La regulación de las cuerdas consume los intermedios; “merece la pena”, se justifica. Canta cada vez mejor. Tímidamente dice a una chica que “Crece la hierba” es para ella. No sé si es malo o es bueno. Vuelve a “Los Desperfectos” sin haber ensayado mucho. Por supuesto que toca “Salitre”. Busca un acompañamiento para sonidos inéditos como “Día del año nuevo”, un blues pendenciero al piano, y la reciente “Clase Media”, la típica canción tan redonda que se expone a perderse un disco. Su música es una hoguera. Las letras, transformadoras, son el contexto si te pierdes. “Te vi bailar bajo la lluvia, te limpié el corazón de arena. Tu sexo es carne de aceituna, de un olivo en la carretera”. Por ejemplo. El profesor Pryzbylewski (antes policía) limpió el estropicio en su aula de Baltimore con Johny Cash de fondo; el cancionero de Quique González también cauteriza. No hay aditivos en esta gira llamada “Carta Blanca”  que reproduce su viaje en soledad al pasado, al blanco y negro en el Rincón del Arte Nuevo de la mano de Enrique Urquijo, o a los órdagos a todo o nada contra las multinacionales. Aunque poco se asemeje la acogida actual (no te despistes, las entradas vuelan), después de nueve discos y centenares de directos, a aquellos comienzos de anonimato y locales desangelados. El músico de nombre común ahora es extraordinario.

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Lista de canciones

Trucos fáciles para días duros

Nos invaden los rusos

Rompeolas

El día de año nuevo

Dos tickets

Piedras y flores

Pájaros mojados

Crece la hierba

Ayer quemé mi casa

Días que se escapan

Avenidas de tu corazón

Bajo la lluvia

Pequeño rock and roll

Calles de Madrid

A cara de perro

Nadie podrá con nosotros

Polvo en el aire

Salitre

Clase media

Hasta que todo encaje

Vidas cruzadas

En el backstage

Los desperfectos / Rock and Roll (Led Zeppelin)

Avión en tierra

De haberlo sabido

Teatro Juan del Enzina (Salamanca) – 28/02/2015 – Unas 300 personas

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Mucho mejor contado aquí

Si la cosa se jode, cantar ayuda

IMG_5073Lucía, alta, mediana edad, ropa a la moda. Radiante. A un niño ni lo confunden las múltiples variedades de cromos ni las sutiles diferencias entre padres, que se comentan (claro que sí) entre carreras y un doble penalty que vale un recreo. Pues bien, hasta las madres que le parecen a un menor una bella alegoría de la libertad y la alegría; hasta esas mujeres son señoras inflexibles con el pelo. Eres adolescente y las melenas te condenan al correccional, a ojos de tu madre. Aféitate, José Javier (para ellas, la cara entera es un todo), prorrumpió la mía en mitad de la cena de Nochebuena; y tengo casi 29. Ni en los hogares de normas más laxas hay la mínima concesión a las debidas hechuras de un joven. Todo lo que te procuran son apariencias, un salvoconducto a un futuro. Después lábratelo, qué más pretendes.

Así, de pelos vastos y ralos, son los Arizona Baby. No obstante, han convencido a sus progenitoras a base de perseverar en su estilo. La de músico con pelambrera no es peor que otras vidas descarriadas, interpreta el líder, Javier Vielba, una especie de encarnación patria de Chris Robinson (The Black Crowes) o Jesús, por sus dotes de predicador. O comercial a domicilio. “Si la cosa está jodida, cantar ayuda”, evangeliza. Para quien el fallo de un equipo es la mejor oportunidad para enardecer al público. “Este apagón nos ha encendido”, dijo en una de sus alocuciones más poéticas. “Valladolid hace imposible todo lo que tiene que ver con la vida”, aclaró, después, para asentar que toda buena banda tiene un origen que la hostiga. Ourense empatizó.

En el día 2, el primer día de facto del año, vencida la resaca, Vielba (que es El Meister, en su vía paralela en solitario), el virtuoso guitarrista Rubén Marrón (melenudo como el que más) y el percusionista Guillermo Aragón desplegaron en Ourense (en el interior del interior, es decir, en el sur profundo) su energética música de raíces. Fue su primera parada en la carretera; les esperan 15 fechas hasta abril en todo el país para la puesta de largo de “Secret Fires” (Subterfuge Records), su último disco. Doce cortes grabados en cinta analógica, con armas mayoritariamente acústicas que se expanden de maravilla en directo.

Hace un lustro, Arizona Baby se reveló como una promesa con Second to None (2009). Con los años, y tras la simbiosis con su grupo afín Los Coronas, el trío se ratifica en su esencia folk-rock, sin renunciar a ampliar por otros derroteros el territorio de su sonido de raíces, inspirado en la vertiente de la americana más próxima al country y el blues. “Vosotros sois nuestra distorsión”, proclamó Vielba aferrado a su Gibson acústica, en una declaración de intenciones. Tan lejos de la soberbia que imperó en una época. “La gente se solidariza contigo y ahora notamos que nos animan como a los ciclistas”, declaró a Europa Press hace unas semanas. “A fuerza de golpes de realidad, la gente se va dando cuenta que lo de los músicos no todo el monte es orégano con ese rollo de las superestrellas del rock con chicas, mansiones y demás. Eso ha dado para mucha literatura pero esta es otra época y otro punto geográfico. En España es terrorífico cómo está el panorama con temas de aforos y permisos para la música en directo”.

Vielba tiene la voz profunda y vigorosa, y el ingrediente efectista que marca la diferencia entre un grupo con capacidades y aquel que agota el aforo de una sala de provincias. Arizona Baby, a mayores, se la juega a su manera en un panorama escaso de propuestas afines dentro de la escena independiente; a excepción de grupos como Los Coronas o The Soul Jacket. “Nos vamos a empadronar en una ciudad gallega, porque aquí el cariño es especial”, concedió para culminarlo. Vino y se fue alegre y lenguaraz, deslizándose copa en alto por la trasera de la barra que servía de acceso al escenario.

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Quique ya no cambia (Quique, no cambies)

imageDe Billie Holiday, que maduró a la fuerza en los cabarés-burdel, decían que cantaba en un tono doliente y quebradizo porque le apretaban los zapatos. Alguna angostura tiene que aquejar a la niña del 5º E, invadida por el llanto, puntual como la gripe, cada noche a las 2 de la mañana. Yo escucho “Pequeńo rock and roll” y la Gibson y la armónica de Quique me subliman como la heroína a John Coltrane. Digo que es nuestro Dylan, nuestro Jeff Tweedy, pero sin alharacas. Que alguien capaz de “La luna debajo del brazo” no es un cualquiera. En España solo locos de remate o artistas pluriempleados se exponen a sufrir, a fajarse con estilo desde abajo. Fuera de la radiofórmula, tiritas. Los músicos curritos van pagando las facturas con los derechos de televisión, arreglos o colaboraciones que los arrinconan en algún margen del libreto.

Ahora tecleo desde el Jam Session de Ourense, donde Manuel Carballo, un guitarrista melenudo que te puede tumbar de un riff, regenta una barra de bar mientras piensa en canciones.

Las taquillas de los conciertos solo funcionan si son la antesala de un gin-tonic. Carecemos de tipos auténticos con otras miras. Y Quique González lo es, a buen seguro que lo es. Me redimía de la adolescencia y salté sin solución de continuidad de Sabina a Quique. Soñé con escenas de “La Noche Americana” saboreando las sábanas de un hotel solitario. Escribo en primera persona, que es la bandera de cada aficionado, y es lo que nos queda. Todas mis mujeres, en especial las que ni me conocen protagonizaron sus canciones míticas. Como “La Ciudad del Viento”, como la fascinante “Me lo agradecerás”, como una polizón de “Avión en tierra” (últimamente, sin la coda del Downtown Train de Tom Waits).

imageQuique ha escalado desde los clubs de Madrid de la falda de Enrique Urquijo a rebosar aforos medios y cargar en la maleta influencias y canciones que, por filosofía, miran a USA. Acumula melodías para soportar inviernos con su estilo personal de componer encadenando imágenes como soporte de historias de amor, amistad, juergas, desazones. Tanto ha crecido que hasta Rolling Stone le ha dado un premio. Mmm, mascullan con cierta aversión sus fans primeros. Desde la revolución de “Avería y Redención”, su obra de mayor desenfado, la línea de sus trabajos se ha instalado en el cauce de la americana. En 2001 marcó el camino “Salitre 48”, un disco fraguado junto a músicos mayúsculos como Carlos Raya (un gigante) o Paco Bastante, que delante del texto de “La Ciudad del Viento” se inventó una melodía.

Tras un accidente casero que trastocó su gira, el pasado fin de semana reapareció con un repertorio casi idéntico en Alcobendas y Valladolid. Con una banda de estilo de rock clásico y el genial instrumentista Eduardo Ortega (violín, mandolina, guitarras) realizando la envoltura que define a Quique. Carlos Raya confiesa en “Quique González. Una historia que se escribe en los portales”, un libro de retazos biográficos del periodista y músico Eduardo Izquierdo, que su reencuentro, bien en giras o canciones a dos manos, recordando aquella etapa sublime con los Taxidrivers, será “inevitable”.

El madrileño, tranquilo y noble a un palmo, no le pone plazos. Asegura estar a gusto con la formación que lo secunda ejecutando, sin alardes pero de forma impecable, modos donde la lírica y el rock son primos hermanos. Un 60 % de la fórmula mágica de las canciones son la letra, “como poco”, dice Quique. Fervoroso del boxeo, encaja con sonrojo los halagos. “¡Ah! Me encanta, me alegro mucho”, responde un tío muy normal que se sube a un escenario y desarbola. Nińas guapas, cuarentones, parejas, lo jalean.

imageDos veces ha desembarcado ya en Nashville, en el estudio de Brad Jones, con canciones cinceladas en casa, al término de noches de euforia, arrobado con su amigo César Pop como un fiel acompañante de correrías al piano. Hay una canción en “Delantera Mítica”, su trabajo más reciente, ya el noveno, que saca a pasear a su perro Samuel (rest in peace) en un medio tiempo de sal y derrotas. Salvando las distancias, suena como Van Morrison. En el ambiente pausado o en canciones desnudas, el madrileño refugiado en Cantabria cautiva. Y el público febril en “Vidas Cruzadas”, se arrellana, con la piel a la expectativa, como el gato que se guarecía de la tormenta bajo la mesa en aquel cuento de Ernest Hemingway.

imageCon las multinacionales, antes de toda guerra con los mercados, Quique no claudicó. Envidó a las grandes cuando los aforos le venían grandes. España era un país, entonces, donde los cedés se vendían por miles. Ahora las tiendas son reuniones de nostálgicos, casas de citas antes de un concierto. Pocos mejores que el de Quique. “Si acabo con 70 ańos en un piano, tocando en un hotel, con frac falso y barba toda blanca, pues será mi destino y estará bien; me seguiré dedicando a la música”, predijo hace poco. De vuelta a sus 41, mientras sus backliners embalaban la escena y guardaban en estuches, en cajas, en un furgón, las armas del delito, González comparecía con una Cruzcampo, recibiendo, tímido, a fans por goteo en el camerino.

PD: mis gatos 1008 y Norah te lo agradecen.

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Las fotos, certeros disparos del concierto de Alcobendas, son cortesía de Mónica Arévalo Gómez. Tienen todos los derechos reservados