Cóctel de blues

Todo el mundo busca un refugio y un lugar donde sacudirse la tristeza. O sacralizarla. El bar es la brújula en los días descarriados, la alcoba donde el cuerpo reposa, donde los músculos y el alma, exánimes por los avatares de un día más entre los vivos, recuperan el vigor y se reactivan. O bien se certifica la muerte. Se rellenan quinielas, se leen novelas, se planifica bajo el juego confuso de luces una escena maestra que habría fracasado ante el espejo. Por supuesto la banda sonora (pongamos un blues pendulante de la Tedeschi Trucks Band, una canción energética de los Black Crowes o una delicia vocal de Norah Jones) es muy trascendental. El bar y la música en un enamoramiento perpetuo y obsesivo, como en Nueva Orleans.

El bar te llama, te asalta, viene a por ti aunque no vayas. Los clientes, como los entrenadores de fútbol, vienen y van pero los bares, aun solo en la memoria de un reducto o un nostálgico, permanecen. Hay que tener dotes para dominar el hábitat del otro lado. Desde la cara interna de la barra, esa zona de reposo que esconde artilugios y escondrijos y kits de supervivencia y fórmulas contra la depresión y la sed, la vida, parafraseando por libre a John Lennon, es todo aquello que pasa entre el cóctel y el hálito hirviendo de la máquina de café. Un barman es mucho más que un camarero. Es un observador omnisciente y un domador de emociones. Todo su trabajo se envuelve de musicalidad. El tintineo de las copas, la madera del suelo que crepita, el dominio del tempo en los saludos, ese criterio sobre cuándo hablar y cuándo respetar la soledad del cliente sumido entre tinieblas.

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Conocía a Manuel Carballo por terceras personas, me gustaba su actitud. Por su elección de mirar al country, el rock sureño y las raíces americanas acampado bajo la lluvia torrencial gallega. Lo conocí de verdad al beberlo. Le robé el espíritu con una superstición de tribu africana. Ahora es el tipo melenudo que se presentó en chaleco, americana burdeos y botas camperas a tocar en mi boda. Manolo, que empezó en un coro de iglesia con el órgano, la guitarra, la bandurria…, hace rocanrol mientras te sirve una copa en el Café Jam Session de Ourense, un lugar dotado del encanto de los grandes clubs. Lleva la bandeja mientras flirtea, mirándola a veces, con su Gibson en duermevela en el atril del escenario. Algunos días como el viernes, Carballo logra aplacar su síndrome de abstinencia. Otros servían las copas mientras su trío, con el que “supuestamente” grabará a corto plazo el cuarto disco de estudio, se encargaba de la música en directo. Franca y emocional. Apresurada, medida y rotunda, como el ritmo cambiante del corazón. Para revestir cada compás, lo acompañaron David Outumuro, que lleva su batería a la primera división nacional en “Eladio y los Seres Queridos”, Efrén Nóvoa, pura precisión relojera al bajo, Marcos Vázquez a las percusiones, y María Mendoza al hammond junto a la voz poderosa y capaz de Marta Bravo. Han pasado 80 grupos en menos de un año por el club de Ourense, un “refugio de artistas” que intenta despegar al ritmo de la honestidad y el conocimiento musical de Manuel. Él, con sus 13 horas al día, esquiva la rutina de cualquier trabajo intensivo y aplica su filosofía vital de guitarrista de blues: honestidad, corazón y estilo. Cuando pasea por el Miño escucha el Mississippi. Clientes y amigos saben que tiene una astilla que le llega al mástil de la guitarra y empaña sus últimas letras de derrota. Así es la vida, tranquiza él. Tristemente, la nobleza no siempre es correspondida. Al menos una buena canción y una buena copa, sí.

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