Jorge Pardo, brisa y mestizaje

@javier_fraiz // 18 de mayo de 2016

Con Jorge Pardo (Madrid, 1956) las canciones se levantan, agitan el pelo y bullen entre las mesas. Aunque se trate de una versión de Cole Porter. Es como si la flauta travesera hiciera soplar el cierzo. Es tan asiduo al Café Latino de Ourense que en esta ocasión, en el XX Festival de Jazz de Primavera, ha disimulado. “Voy a decir que es mi segunda vez, por si acaso no me contratan de nuevo“. Terminará la noche con El Faro, de su disco Huellas, paradigma de esa pauta mestiza que intercala pentagramas y pone al jazz frente al espejo del flamenco.

El madrileño hizo en la ciudad de As Burgas el mismo trecho que recorrió en su día. Aprendiz de conservatorio como fue, primero impartió una clase magistral en la escuela municipal ante los nuevos músicos que aspiran a desentrañar las canciones más allá del solfeo. Se cambió la ropa, probó niveles de sonido y regresó, ya en horario noctámbulo, con un balón de gin tonic al escenario. [Seguir leyendo en FARO DE VIGO]

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Al Foster, tributo a una era

IMG_6023Que no te engañen las arrugas, el rostro enjuto, los movimientos dificultosos de un cuerpo que supera los 70. Lo más rutilante subyace. Piensa en tu abuelo, piensa en él sobre todo si ya no está. Piensa en su caudal de experiencia, en cómo revelaba la vida a cada gesto. Piensa en tantas tardes como aquella: el domingo declinaba en un estado somnoliento al vaivén de su mecedora. Piensa en sus historias: sus palabras transparentan. Tienes los libros, algunas canciones, las fotografías para viajar al pasado. Al Foster te lo trae. Al Foster (Richmond, Virginia, USA, 1943), tierno como tu abuelo, lo lleva consigo.

Es uno de los testigos contados de una era en el jazz. Una noche de 1972, Miles Davis llegó al club Cellar, en la calle 95 de Manhattan, Nueva York. Necesitaba un sustituto tras la marcha de Jack DeJohnette. El Príncipe de las Tinieblas, jefe de aires despóticos, aunque menos explosivo que James Brown (el padrino del soul imponía multas a sus músicos por errores leves y llegó a abofetear a alguno en público), se quedó “KO” al ver tocar a Foster por primera vez. Le maravilló su capacidad para sentar una base hospitalaria, sobre la que todos podían tocar lo suyo. Esa habilidad, la “desplegaba como si nada”, dice Davis en su autobiografía. El batería de Richmond fue el único que estuvo en su formación, antes y después de su retiro del mundanal ruido a finales de los 70. La capacidad de entrar y salir del pentagrama, como un ladrón de guante blanco, quedó demostrada este viernes en Ourense. Nunca soltó las manijas del tempo; de repente constreñía los compases y, a su antojo, lanzaba al cuarteto al abrupto con una suma explosiva de caja, bombo y charles. Contradiciendo la imagen falaz del envejecimiento. En la segunda vez de Foster en el Café Latino, la razón era tributar a Art Blakey, uno de los baterías legendarios, clave en la evolución de las épocas be bop y hard bop.

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A las 10 de la noche, el local, un templo del jazz en España, está repleto, vestido de club; el tintineo de las copas no cesa. Bulle el público, bulle el escenario. Foster, con una sonrisa perpetua y gorro con visera, se oculta detrás de los platillos pero no se esconde. Golpea duro, restallando el óxido de sus huesos. Así introduce un guiño ajeno: “St Thomas”, clásico de Sonny Rollins, al que imita de forma notable Goldwin Loius, el más destacado del cuarteto. La pauta de Foster y el repertorio propician su lucimiento. Es un músico grande. Literalmente. Engulle el saxo tenor y despide escalas trepidantes, fraseos en el ADN de los aficionados como, sobre todo, Moanin’, cumbre de la noche. Luego deja el instrumento colgado alrededor de un foulard y, con el soprano, toca ritmos tenues, como el Round Mignight al estilo Dexter Gordon.

Godwin Louis, en primer término, en el concierto de Al Foster Quartet en el Café Latino de Ourense. 27 de marzo de 2015.

Con Louis como frontman, y David Bryant al piano (serio pero magistral), la formación de Foster, con cuatro noches seguidas en España abriendo el VIII Ciclo de Jazz 1906, replica aquella escuela de maestros que fueron los “Jazz Messengers” de Blakey, una cantera de los mejores solistas desde los años 50 a los 80. Wayne Shorter, Lee Morgan, Freddie Hubbard o Wynton Marsalis pasaron por el grupo que Blakey heredó de Horace Silver.

La noche se arroba con la música al mando. El batería solo sale de su parapeto de enormes platillos y coge el micrófono en un par de ocasiones. Presenta a su cuarteto (que completa Douglas Weiss en sustitución del tercer joven, Daryl Johns) y después se despide. El público, testigo de una era revelada esta noche, se entrega, en pie.

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Gracias a Miguel Abad y Domingo Bobillo. Me he apropiado de dos fotografías vuestras 🙂

Jerry González, solo una dosis

Mientras su hijo mataba marcianitos con el móvil y después de reclamar su gin-tonic al tercer tema del concierto, Javier Colina hizo la genuflexión. Tomó las 4 cuerdas del contrabajo como un pelo rebelde. Abría la mano como si le sacaran sangre. Y tal cual acariciase una guitarra salió un bolero. Colina, cuyas inmersiones junto a otros caminan desde Bebo Valdés o Tete Montoliú a Joaquín Cortés, El Cigala o Juan Perro, se dio cuenta de que el chico faltaba durante un solo de Jerry González al fliscorno. Acertaba, no sería la mejor noche.

imageVolvió el chaval, sentado en la primera fila del Café Latino de Ourense, inmerso en la edición número 18 del Festival de Jazz de Primavera, y el puertorriqueño nacido en el Bronx y asentado en Vigo por una mujer ya reposaba en la banqueta del piano. Al terminar, no remoloneó con las fotos deslizándose como podía hasta una silla en la terraza donde parapetarse, con el cigarro en la mano. Con sombrero cubano y polo de cuello alto, no había reinado la locura.

IMG_6136El jazz latino orientado más a Cuba que a la salsa le presentó al legendario Dizzie Gillespie en los 70 y creció en el grupo de Eddie Palmieri. Con aquella búsqueda de enlaces entre el ritmo del continente negro y la base del jazz llegó a su mítica formación “Fort Apache Band”, reconocida en las antologías como su laboratorio de mestizaje. El álbum “Rumba para Monk” (1989) obtuvo el premio anual de la Academie du Jazz francesa. “Moliendo Café”, dos años más tarde, marcó otro de los hitos del jazz simbiótico. Pero fue el director Fernando Trueba el que lo convertiría en un nombre popular con su Calle 54, el documental que diseccionó los vericuetos del estilo forjado por nombres como Paquito D’Rivera, Tito Puente, Bebo Valdés o Michel Camilo.

IMG_6087Más adelante, Jerry González, asentado desde inicios de siglo en España, hizo sociedad con el flamenco. Su última formación fija es El Comando de la Clave. A Bilbao, la última de sus cuatro noches de gira española de este abril, Jerry González sí llevó las congas y un combo con mucho más ritmo. En Ourense, donde aún han de llegar Jorge Pardo o Chano Domínguez, con los que ha colaborado, el varias veces aspirante a los premios Grammy solo dejó pinceladas de su duende con una revisión de standards y leves dosis de energía.

imageDura lo que dura el frenesí. Pero cuando suena un sostenido y los focos refulgen en el metal frío nadie repara en el rostro rígido del trompetista ni en unos dedos que renquean cuando abaten los pistones. Toda una corriente del jazz de fusión le debe su interés por la influencia del intercambio de raíces de África a Cuba. Así se puso a tocar el Bésame Mucho, uno de los grandes momentos de la noche, inoculando el vaivén sonero al pulso rítmico del trío. O cerrando la noche con revisiones de Miles Davis, su gran influencia.

IMG_6201“Fue muy latino, muy flamenco, muy bien”, dijo una mujer al batería Carlos López, el complemento gallego del dúo González-Colina, habitual desde hace años. Yo tampoco sabía precisar el concepto porque se frustaron un poco las expectativas. Pero, como aquella mujer y el centenar y medio que llenaban el Café Latino, me vine arriba cuando el trompetista improvisó un solo, y al fin brindó el derroche que esperábamos, sacándole sonido como pudo, con las manos y las baquetas, a las congas de pega de la decoración.

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Ácido y sudor

IMG_5869El jazz son frases atropelladas en un folio en blanco, verborrea dando un rodeo y esa especie de ahogo que sienten las menopáusicas. Es un veneno tolerable que enardece el oído, la vista y el tacto durante hora y media de inquietud. Todo el mundo quiere deconstruirlo; analizar la métrica mientras la formación ametralla compases en desorden que convergen, estallan, se contraponen, braman, trepidan. A los diez minutos claudicas y ya solo sientes. El jazz, como el novio que no querrías para tu hija tal y como advertía Duke Ellington, corroe como el ácido y corre como el sudor.

Le horadaba la frente al veterano saxofonista Oliver Lake (Arkansas, 1942) quien, con una mano trémula, recurría a una toalla para enjugarse el rostro, rudo. Compositor, poeta, fundador de la longeva y legendaria formación “World Saxophone Quartet”, persigue la vanguardia sonora, ejecuta ritmos trepidantes, entuba constantes octavas al saxo alto con su cuerpo de anciano de 72. Lleva cinco décadas improvisando, como un portero de la Diputación.

El neón rojo y los focos del diminuto escenario del Café Latino de Ourense penetraban en el ambiente tenebroso, entre mesas y bandejas fugitivas, dando cara a los retratos de músicos de leyenda que han ambientado cerca de 28 años de directos. Milt Jackson se subió al Latino. Hizo alguna confesión sobre Charlie Parker en un restaurante de las afueras, disipó de un sorbo un licor café y a los pocos días se murió, como explicó recientemente el genial Jaime Noguerol. Tipos de la era dorada como Ron Carter han repetido experiencia en este local, un antiguo bazar preso del bullicio del café durante el día, y embargado del aura de las noches míticas cuando las luces declinan.

IMG_5849Es jueves, 17 de abril de 2014. El propio Milt (entrando, a la derecha), Ron Carter, Roy Haynes, Hank Jones, Jackie Mclean, Kenny Barron, Tete Montoliu, Michel Camilo, Al DiMeola… rodean la escena cuando Lake y su cuarteto se pertrechan con tragos cortos y dirigen una leve procesión a la tarima balaustrada donde los músicos se hacinan. El batería John Betsch avanza errático y él también exhibe la senectud en los ojos. Se derrumba torpemente sobre la silla y… 1,2,3… afina como un cirujano y cada pulso es el preciso sobre el hit-hat y la caja. Como si el compás fuera el sintrom. IMG_5859

El calor untuoso, inopinado en abril, intimida. Hay rezagados que ocupan los últimos espacios en el primer solo, cuando el fraseo aún no carbura. El club bulle y un centenar de personas se empaparán con el magma musical de la noche. Prohibido no sudar porque las notas maúllan en el aire tórrido del café, sumido en una atmósfera de club americano. Ourense se erige en capital del jazz hasta finales de mayo. Pasarán nombres mayúsculos como Jerry González, Chano Domínguez y el asiduo Jorge Pardo; pero puede que su llegada no haga ruido. El cartel del VII Ciclo de Jazz 1906 y de la edición número 18 del Festival de Primavera, cuyos programas se funden y coinciden en el tiempo, tiene una altura internacional.

“Este tiene que ser Eric Dolphy, ¡nadie más podría sonar tan mal!”. Quien condena es un tal Miles Davis en una escucha a ciegas en 1964. Mientras, el trompetista Dizzie Gillespie hacía campańa en Los Ángeles porque quería ser presidente de los Estados Unidos. Davis, el que seis años más tarde mezcló ladridos de perros en el disco “Bitches Brew”, censuraba entonces a Dolphy en la cumbre de su efímera pero grandiosa carrera como uno de los padres del free-jazz, tan denostado como incomprendido dentro y fuera del género. En 1964 el multiinstrumentista Eric Dolphy (saxo, flauta, clarinete bajo) editó “Out of lunch”, un álbum cinco estrellas. Después falleció.

IMG_5847Medio siglo más tarde es pura modernidad. A excepción de un tema propio, Oliver Lake y la terna de piano (Orrin Evans), batería (John Betsch) y contrabajo (Luques Curtis) en la sección rítmica, evocaron las composiciones rompedoras de un músico “inspirador y referente”, tal y como dijo Lake en Ourense, y al que homenajeó en los noventa en dos álbumes de estudio. El pasado no podía sonar más inventivo y fiel a un tiempo. Porque el jazz, creía el pianista Dave Brubeck, es pura libertad dentro de la disciplina.
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Jorge Pardo, maestro antes que aprendiz

“Aprender es el juego más excitante. A veces, la experiencia es un obstáculo”, escribió un día. Jorge Pardo practica una música de dos filos que laceran el alma. Flamenco y jazz se encadenan como una crono por relevos en la carrera dilatada de un madrileño de calle y escuela. Pardo aprendió el metraje en el conservatorio y el pulso circunstancial y loco del escenario en los circuitos noctámbulos de Madrid, con referentes magistrales como Pedro Iturralde y una querencia por un final mostruoso de dos cabezas. Jazz español hilvanado en las raíces del oficio flamenco. La música en dos mitades. (Más aquí)

Es 2 de febrero y Jorge Pardo, con más de tres décadas de bagaje y de buena memoria, formula tradición y experimento. Hasta los vasos tintinean a la deshora precisa. Jorge toca el saxo tratando de embridar las improvisaciones que desbarran melodías de taranta. Luego su flauta travesera sobrecoge a un público de pies a la cabeza al recordar una pieza que le enseñó Camarón. Es 2 de febrero en el club ourensano que celebra 25 años con la aspiración de recibir próximamente, bajo palio si fuera preciso,”al último superviviente del Kind of Blue“, Jimmy Cobb. El jefe, Eduardo Rodríguez, mira a Jorge, más que un músico habitual en el café, un amigo que cruza de la barra al escenario. Es febrero y terminan dos noches de música en directo encajonadas entre el misticismo del Café Latino. Jorge domestica de vez en cuando el pelo y hace palmas ante un retrato de Ron Carter, una de las efigies que totemizan el local. Eduardo, el dueño del club ourensano mira la escena con media sonrisa en un ovillo de sombras que se reúnen detrás de la barra.

Jorge Pardo lleva camisa de lunares y Chonchi Heredia retira las esclusas para que mane la voz, un torrente de lirismo que se abre paso de boca en boca. Vibra el compostelano Abe Rábade percutiendo el piano con contrarritmos y arpegios de terciopelo cuando hace falta. Un baterista que se llama Jeff Ballard y comenzó a tocar con Ray Charles y es un hombre habitual de Chick Corea terminó con un solo atávico de música negra. Josemi Carmona busca el duende en la guitarra, Javier Colina subtitula al contrabajo.

Chonchi levanta un muro de melancolía. “La guitarra de Paco está llorando porque sufre la ausencia de un genio y sabio “. Paco de Lucía y Camarón. Pardo dio vueltas al mundo en giras con el primero y rompió las directrices con Camarón, su cicerone en la ciencia musical del experimento consagrado en La leyenda del Tiempo (1979).

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(de Tempo de Lecer Ourense)