Norah Jones hipnotiza

img_20161118_230534

Enseñar un disco supone un ejercicio considerable de exhibicionismo. Sale a la la luz el resultado, perfectamente envuelto y presentable, pero también se adivinan las costuras de las canciones, su making of, el momento en que saltaron de las musas al papel, del lápiz al estudio. Los porqués.
Norah alargó las madrugadas en su cocina de Nueva York, componiendo al piano junto a una copa de vino. Hay un mini concierto en youtube con el que hacerse una idea. Su último disco, ‘Day Breaks’ (Blue Note), subraya sus dotes innatas para el jazz vocal, al que regresa como nunca desde sus inicios. Pero, sobre todo, remarca la profundidad de esa dualidad casi genética entre sus cuerdas vocales y el piano de cola, mucho más presente. Nueve temas propios acompañan versiones de Horace Silver, Neil Young o Duke Ellington.

Desde su arrollador estreno en 2002 con “Come Away With Me” (8 de sus 9 Premios Grammy), tras más de 50 millones de discos vendidos, aún no sabemos qué concluir. Es jazz lo que hace -y nos hace- Norah Jones? Por qué se rodea de piano y contrabajo pero, justo después, se cuelga la eléctrica y suena a rock o pop ambiental? Ante la disyuntiva quizá tenga sentido aquella máxima de Art Blakey, el legendario batería que lideró a los Jazz Messengers, una facultad para los nuevos talentos (desde Lee Morgan a Wynton Marsalis), durante varias generaciones. “El jazz quita el polvo a la vida cotidiana”. Como Norah Jones, no hay duda. Más claro si cabe tras volver al piano como centro de composición, del que se había alejado ligeramente para armar las canciones de sus últimos discos desde la guitarra, por regla general.

El viernes declinaba en Madrid con hostilidad. El centro, congestionado, el ruido y la luz excesiva de los comercios, la M-40 trepidando a punto de reventar, como una arteria esclerótica. Colas en el ambigú para la próxima cerveza. La ansiedad ganaba la batalla hasta que la neoyorquina apareció en el escenario. A la hora y media se había marchado y su voz no nos abandonó. De vuelta a la ciudad indomable, de regreso a la penitencia de cada uno, aún pervivía el efecto narcotizante de sus canciones, el mejor ansiolítico. Sin necesidad de que se explayara ni en los intermedios ni en las introducciones (varios ‘muchas gracias’ y apenas una espera antes de los bises).

Comenzó con la canción homónima, versionando con terciopelo a Neil Young, y finalizó la parte central con el primer sencillo,  ‘Carry On’, otro ejemplo de su poder hipnótico, de su capacidad para sublimar la belleza.
Acompañada de la misma banda versátil que en la gira de su anterior disco (Little Broken Hearts, 2012, el que más la alejó de su patrón previsto), Norah Jones dio muestras de que poco importa el embalaje de las canciones mientras ella cante. Con diferentes estilos a lo largo del recital repasó todos sus discos: blues (Sinkin’ soon o Tragedy), pop (Chasing Pirates), country (Creepin’ in) o rock and roll (Don’t know what it means, de su banda paralela, exclusivamente de mujeres, Pussy N Boots). Y jazz ( I’ve got to see you again, There was you o la aclamada Don’t know why). A la eléctrica, satisfizo al público en general (Come Away with me, en un medio tiempo coral) y a sus raíces texanas, estado donde estudió música, con esa hermosa versión del Long Way Home de Tom Waits. Música y una voz siempre certera, afinada de inicio a fin. Una conjunción sublime se pueda explicar o no, como se sabe que son perfectos aquellos versos de Miguel Hernández, se puedan explicar o no: “Florecerán los besos / sobre las almohadas”.

El concierto de Madrid -el único de Norah Jones en España- finalizó como discurrió, con la piel como diana. Último formato, puramente acústico, con un micrófono omnidireccional que acogía a la voz y a la banda. Cerró la noche con un adiós candoroso: Sunrise, Creepin’ in y How many times. Todos volvimos calientes a casa. Al cierre de esta edición, la hipnosis perdura.

Anuncios

Si la cosa se jode, cantar ayuda

IMG_5073Lucía, alta, mediana edad, ropa a la moda. Radiante. A un niño ni lo confunden las múltiples variedades de cromos ni las sutiles diferencias entre padres, que se comentan (claro que sí) entre carreras y un doble penalty que vale un recreo. Pues bien, hasta las madres que le parecen a un menor una bella alegoría de la libertad y la alegría; hasta esas mujeres son señoras inflexibles con el pelo. Eres adolescente y las melenas te condenan al correccional, a ojos de tu madre. Aféitate, José Javier (para ellas, la cara entera es un todo), prorrumpió la mía en mitad de la cena de Nochebuena; y tengo casi 29. Ni en los hogares de normas más laxas hay la mínima concesión a las debidas hechuras de un joven. Todo lo que te procuran son apariencias, un salvoconducto a un futuro. Después lábratelo, qué más pretendes.

Así, de pelos vastos y ralos, son los Arizona Baby. No obstante, han convencido a sus progenitoras a base de perseverar en su estilo. La de músico con pelambrera no es peor que otras vidas descarriadas, interpreta el líder, Javier Vielba, una especie de encarnación patria de Chris Robinson (The Black Crowes) o Jesús, por sus dotes de predicador. O comercial a domicilio. “Si la cosa está jodida, cantar ayuda”, evangeliza. Para quien el fallo de un equipo es la mejor oportunidad para enardecer al público. “Este apagón nos ha encendido”, dijo en una de sus alocuciones más poéticas. “Valladolid hace imposible todo lo que tiene que ver con la vida”, aclaró, después, para asentar que toda buena banda tiene un origen que la hostiga. Ourense empatizó.

En el día 2, el primer día de facto del año, vencida la resaca, Vielba (que es El Meister, en su vía paralela en solitario), el virtuoso guitarrista Rubén Marrón (melenudo como el que más) y el percusionista Guillermo Aragón desplegaron en Ourense (en el interior del interior, es decir, en el sur profundo) su energética música de raíces. Fue su primera parada en la carretera; les esperan 15 fechas hasta abril en todo el país para la puesta de largo de “Secret Fires” (Subterfuge Records), su último disco. Doce cortes grabados en cinta analógica, con armas mayoritariamente acústicas que se expanden de maravilla en directo.

Hace un lustro, Arizona Baby se reveló como una promesa con Second to None (2009). Con los años, y tras la simbiosis con su grupo afín Los Coronas, el trío se ratifica en su esencia folk-rock, sin renunciar a ampliar por otros derroteros el territorio de su sonido de raíces, inspirado en la vertiente de la americana más próxima al country y el blues. “Vosotros sois nuestra distorsión”, proclamó Vielba aferrado a su Gibson acústica, en una declaración de intenciones. Tan lejos de la soberbia que imperó en una época. “La gente se solidariza contigo y ahora notamos que nos animan como a los ciclistas”, declaró a Europa Press hace unas semanas. “A fuerza de golpes de realidad, la gente se va dando cuenta que lo de los músicos no todo el monte es orégano con ese rollo de las superestrellas del rock con chicas, mansiones y demás. Eso ha dado para mucha literatura pero esta es otra época y otro punto geográfico. En España es terrorífico cómo está el panorama con temas de aforos y permisos para la música en directo”.

Vielba tiene la voz profunda y vigorosa, y el ingrediente efectista que marca la diferencia entre un grupo con capacidades y aquel que agota el aforo de una sala de provincias. Arizona Baby, a mayores, se la juega a su manera en un panorama escaso de propuestas afines dentro de la escena independiente; a excepción de grupos como Los Coronas o The Soul Jacket. “Nos vamos a empadronar en una ciudad gallega, porque aquí el cariño es especial”, concedió para culminarlo. Vino y se fue alegre y lenguaraz, deslizándose copa en alto por la trasera de la barra que servía de acceso al escenario.

– – –

Eilen Jewell, melancolía, frenesí y botas camperas

20130606-000955.jpg
El country es así, yihas!, desamor, tristeza, botas camperas, alcohol destilado. Es la fuga melancólica de una slide, una voz meliflua y perezosa, una guitarra restallando honky-tonk. Es Eilen Jewell, sacada en su treintena de un fotograma de los 50 , el último gran nombre de mujer en la música americana de raíz. Una voz tamizada de dulzura y desencanto, descarriada al filo del pentagrama, con matices del clásico sonido de bar pendenciero, de la filmada sensación de un mar de asfalto por delante. Jewell bruñe su nombre en un estilo múltiple sin abismos: folk, rockabilly, blues. La reina del acorde menor, título de su último disco ‘Queen of the minor key -el modo “tiene algo inquietante, misterioso y realista” dijo a Faro de Vigo en 2011-, regresa el jueves 13 a Galicia, sin estrenos, tras cautivar hace menos de dos años en la Sala Son de Cangas. A partir de entonces encadena sin resuello 5 conciertos en una semana de periplo en Espańa. Su entrega a la carretera se salda con casi 200 bolos al año. La ungida sucesora de Lucinda Williams, que la predecerá 48 horas antes en la Capitol de Santiago en una conjunción inmejorable (reina y heredera) se toma las licencias de una dama. “Soy la reina de los tragos de etiqueta negra”, canta en el corte crepuscular que da nombre al disco, el quinto largo desde 2005, tributo incluido a la leyenda country Loretta Lynn, una de las musas femeninas que adornan su acústica de autógrafos. La norteamericana, nacida en una aldea montańosa de Idaho (medio oeste de EE UU), asentada en la urbana Boston, aterriza en Santiago con una banda rutilante de formación clásica, anticipando madera y frenesí: Jason Beek (su marido, a la batería), Jerry Miller (guitarras) y Johnny Sciascia (contrabajo). Para asentir con la cabeza, para arrancarse a bailar.

– – –

Lac La Belle, tocado de raíz

Detroit (Michigan), la ciudad de los coches y la Motown -el sello discográfico que catapultó a la música negra- abriga a Lac La Belle, un dúo visceral fundido en melódica simbiosis en las raíces del sonido de Norteamérica.Instrumentación sin propulsores, una sobria presentación y voces de correspondida armonía destilan la fragancia clásica de una apuesta intemporal por la honestidad y la esencia: blues, folk, country y fiebre honky tonk se intercambian en la afinación de guitarras resonadora y acústicas, el banjo, el ukelele, el acordeón y el fruto suculento del acervo cultural más arraigado.

Sus canciones despiezan historias de amor y soledad, problemas costumbristas, la suerte del destino que bullía en USA al comienzo del siglo XX; esperanzas, oportunidades, cambios, desigualdades en cuarto creciente. Lac La Belle, con segundo disco en camino y una lista de canciones para oír y descargar a precio razonable en su página web, son Jennie Knaggs y Schillace Nick yuxtapuestos tras la partida del fundador Joel Peterson. Rostro socarrón y voz trémula, él; tono, ella, de una dulce escalada, salvaje, tradicional. Entre la decadencia cotidiana, relajan los acordes añejos de madera crepitante, los golpeteos de piedras de hielo, la niebla despejada en los discos viejos.

18/11/2011, Café Pop Torgal (Ourense), 8 euros

Fotografía: Garrett MacLean en http://www.laclabellemusic.com