Sílvia Pérez Cruz, la voz que siente y conmueve

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Fotografías de José Irún @JoseIrunFoto

Las canciones que rasgan, mecen y duelen son inolvidables. Cuando la piel obra por su cuenta y sientes punzadas de hielo en una noche sofocante. Las canciones que se lloran son las mejores. Sílvia Pérez Cruz es extraordinaria. Cantar bien parece una cuestión de talento y anatomía, pero los discos están plagados de músicos y vocalistas que emiten sonidos y melodías acopladas y perfectas, y sin embargo no conmueven. Ella te desarma, juega a las emociones; siente y persuade. “Quiero dar vida, sea haciendo sonreír o llorar; yo también siento vida así”, dijo este lunes en su casa, frente al balcón del Mediterráneo, “este mar que amo tanto”, en el festival de los jardines de Cap Roig.

Junto al hermoso pueblo de Calella de Palafrugell (un enclave de pescadores a salvo de la depredación urbanística, un rincón del Empordà que dio cobijo a Josep Pla e inspiró a Serrat la canción “Mediterráneo”), la artista catalana -locuaz, dicharachera y risueña-  finalizó este 31 de julio la primera parte de la gira de “Vestida de Nit”, un disco que se llama como “la cançó dels papas”, contó a un público entre el que había muchos conocidos y paisanos. Allí estaba su madre Gloria y allí nos hizo recordar a su padre Càstor, músico de habaneras y estudioso de la canción de taberna, fallecido en 2010. La penúltima interpretación de Sílvia Pérez en Cap Roig desató la nostalgia con “Veinte años”, un precioso bolero que padre e hija cantaban en directo y en ocasiones improvisadas, como esta en el casino de Palafrugell. Calella acoge desde hace 50 años un festival para honrar un género, el de la Cantada, tan arraigado en algunas zonas marineras de Cataluña como en la diáspora.

Sílvia es el resultado de su talento y de sus circunstancias. Un prodigio que asimiló la cultura musical de su casa, que se formó intensamente desde niña (estudió solfeo, piano clásico, saxo clásico y es licenciada en canto-jazz), que viaja por el mundo y se empapa de la música popular. Deslumbra con las canciones latinoamericanas, como sucede en “Mechita”,  un canto peruano de amor a una mujer. Domina con su voz lírica las empresas más difíciles, hasta casi solemnizar el tono de la Lambada, sin despejar su ritmo atrayente, o conseguir con su versión del “Hallelujah” de Cohen que todo el público se recoja con ella, con el micrófono en el regazo. Es capaz de desgarrar corazones cuando evoca los dramas de la guerra en “Corrandes d’exili”. O cuando versiona a Chicho Sánchez Ferlosio en esa alegoría de la resistencia y lucha antifranquista que fue “Gallo negro, gallo rojo”.

Entre su colección de emociones y estilos también cabe un ritmo pop. Canta en inglés “a lo Shakira” en “Ai ai ai“, tal y como le pidió a última hora el productor de “Cerca de tu casa”, para cuadrar una escena ya grabada de una niña que bailaba. La película, que aborda el drama de los desahucios, le valió la nominación al Goya como mejor actriz revelación. Ganó la estatuilla por la mejor canción original con “No hay tanto pan, una crítica contra la deshumanización, los excesos del poder e injusticias de la crisis: / Mentiras, sonrisas y amapolas, / discursos, periódicos, banqueros y trileros. / Canciones, manos y pistolas, / bolsos, confeti, cruceros y puteros. / Te roban y te gritan, / te roban y te gritan. / Te roban y te gritan, / y lo que no tienes también te lo quitan /
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Esa voz torrencial se rodea de músicos virtuosos. Cinco intérpretes que la acompañan desde hace cuatro años, y a los que no deja de ensalzar y agradecer. “Son tan estupendos intérpretes como buena gente, algo muy importante”. Dos violines (Elena Rey y Carlos Montfort), una viola (Anna Aldomà), un contrabajo (Miguel Ángel Cordero) y un violonchelo (Joan Anton Pich) que generan fondos, crescendos y volúmenes que subrayan cada acento e inflexión de las frases cantadas. En “Vestida de nit” (música del padre, letra de la madre), la descripción poética de unos versos que hablan de la vida junto al mar, las cuerdas simulan el movimiento ondulante de las olas, o eso creo.

Sílvia es única, como las imágenes de Lorca en una de las canciones que interpreta: “Cómo me cuesta quererte como te quiero. Por tu amor me duele el alma, el corazón y el sombrero”, dice un poema del granadino al que puso música Javier Ruibal. Sílvia, una estrella, un lujo y un refugio, hace con un día cualquiera lo que pregonaba Leonard Cohen: “Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz”.

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Morgan, una banda para quedarse

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Se ha puesto difícil disfrutar en soledad de una banda de música nueva, regodeándose en la habilidad o en la suerte de haber descubierto (tú y nadie más) un grupo con todo el futuro de cara. Youtube, Spotify, Twitter y Facebook han acabado con los seguidores exigidos, que rebuscaban en las tiendas de discos hasta dar con la clave, que incluso ya en la era moderna se bajaban un disco por error y lo exprimían como si fuera sólo suyo para siempre, sintiéndose originales, exclusivos. Hoy un mensaje en la red puede impactar a la vez en fans antagónicos; ya no somos los primeros ni siquiera los mejores. Si algo hay que reconocerle a internet, a su influencia en la música, es que pese al exceso de oferta, lo bueno se abre espacio de manera inevitable y llega a todos los oídos dispuestos a escuchar. Ayer, en Santiago de Compostela, la banda española Morgan llenó una sala pequeña con absoluta naturalidad. Más o menos 200 personas en el concierto de un grupo debutante, con un solo disco bajo el brazo. Era un público fiel, que se sabía las canciones en inglés, que se entregó con ovaciones y largos y sonoros aplausos. Que incluso dosificaba el uso del móvil para lo que viene siendo habitual.

Morgan es una banda que te rescata de los malos pensamientos, que te hace feliz. Qué más se le puede pedir a un grupo. Ha conseguido en dos años lo que le llevó más de un disco y una gira a su mejor portavoz: Quique González. El autor buscaba una voz femenina para uno de los temas de su último trabajo, “Me mata si me necesitas”. La primera elegida para el dúo en “Charo” falló. Entonces apareció Carolina de Juan, Nina, de 26 años, dotada de una voz con una tesitura muy poco frecuente, dulce y áspera a partes iguales, y sin prever, como la vida. Una mezcla de Norah Jones y Lucinda Williams. Lo más parecido en España a Janis Joplin.

Dice Nina, autora de todas las canciones, hija de padre guitarrista y madre vocalista, que los discursos no son lo suyo, que menos mal que canta. Y cómo lo hace. Tan decisiva en medios tiempos como “Weather” y “Home” (el single no oficial de su disco, un tema contagioso), como apabullante en canciones energéticas como “Roar”, cuyo crescendo del final en directo es brutal. Habrá que esperar a lo que depare el segundo disco, pero sus capacidades sobran sea cual sea el género. Es capaz de enternecer en composiciones en formato balada, como “Volver” -la única en español de “North”, su primer trabajo, grabado en los estudios La Cabaña con José Nortes como productor-, así como incitar al baile y la diversión, en “Thank you”, por ejemplo, el arreglo más funk de todo el disco.

Morgan es una banda clásica en su composición y en el estilo: rock en sus múltiples facetas. No es casualidad que fuera uno de los grupos elegidos para participar en un directo homenaje del 40 aniversario de The Last Waltz, el concierto despedida de The Band, filmado por Martin Scorsese. Los de Nina interpretaron “The Night they drove old dixie down”, un tema mítico que se ha colado en su lista de los directos.

Es clave en el resultado sonoro el buen hacer del cofundador del grupo, Paco López, muy incisivo con la guitarra eléctrica, muy gestual; presente en la mayoría de los coros. Toda buena banda necesita un buen teclista y para eso está David Schulthess, “Chuches”, según Quique González, a cuya banda actual acompañan en gira tanto él como Nina. Ekain Elorza a la batería y Alejandro Ovejero completan a Morgan, una formación con un tremendo futuro pero que ya está aquí, para quedarse.

Lady Lamb, una intimidad poderosa

lady-lamb@javier_fraiz

Aly subraya en Twitter que se ha sentido como una princesa. Es un momento esporádico de dulzura, como en algunas de sus canciones, que empiezan tenues hasta que estallan y se ponen rudas. Lleva los pantalones rotos -bromea- por una gira de 2 meses por Europa. Hoy, domingo, el último día, está sola. Ella y su Fender eléctrica. Bueno, y setenta personas que llenan el salón exiguo, siempre hospitalario, del Torgal de Ourense y se arroban con su voz, que juega a las emociones: te mece con un estilo discursivo y de repente brama y te agita.

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El trío en uno de Abe Rábade

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@javier_fraiz

Hasta que un grupo se acopla es necesario tocar mucho, viajar mucho, convivir mucho. Como tres hombres compartiendo una gira por Mexico e incluso el olor de pies, según contó Abe Rábade (Santiago de Compostela, 1977) en una entrevista. Persiguiendo la armonía con una meta como la que Miles Davis expresó a su elenco en la grabación de Kind of Blue, sin partituras, con anotaciones a lo sumo en reversos de sobres: “Haced esto como si flotara”. El pianista gallego empezó la semana tocando en Nueva York y la cerró este sábado en casa, exponiendo en el Festival Más Que Jazz de A Coruña el rico patrón de estilos de su formato a tres.

Veinte años lleva Rábade tocando en trío; 12 y 8, respectivamente, junto a sus músicos simbióticos: Bruno Pedroso a la batería y Pablo Martín Caminero, en el contrabajo. La formación es música, física y química. Los matices suenan luminosos, cada compás es expresivo, el oído viaja en un carrusel de crescendos y cambios de volúmenes.

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Al Foster, tributo a una era

IMG_6023Que no te engañen las arrugas, el rostro enjuto, los movimientos dificultosos de un cuerpo que supera los 70. Lo más rutilante subyace. Piensa en tu abuelo, piensa en él sobre todo si ya no está. Piensa en su caudal de experiencia, en cómo revelaba la vida a cada gesto. Piensa en tantas tardes como aquella: el domingo declinaba en un estado somnoliento al vaivén de su mecedora. Piensa en sus historias: sus palabras transparentan. Tienes los libros, algunas canciones, las fotografías para viajar al pasado. Al Foster te lo trae. Al Foster (Richmond, Virginia, USA, 1943), tierno como tu abuelo, lo lleva consigo.

Es uno de los testigos contados de una era en el jazz. Una noche de 1972, Miles Davis llegó al club Cellar, en la calle 95 de Manhattan, Nueva York. Necesitaba un sustituto tras la marcha de Jack DeJohnette. El Príncipe de las Tinieblas, jefe de aires despóticos, aunque menos explosivo que James Brown (el padrino del soul imponía multas a sus músicos por errores leves y llegó a abofetear a alguno en público), se quedó “KO” al ver tocar a Foster por primera vez. Le maravilló su capacidad para sentar una base hospitalaria, sobre la que todos podían tocar lo suyo. Esa habilidad, la “desplegaba como si nada”, dice Davis en su autobiografía. El batería de Richmond fue el único que estuvo en su formación, antes y después de su retiro del mundanal ruido a finales de los 70. La capacidad de entrar y salir del pentagrama, como un ladrón de guante blanco, quedó demostrada este viernes en Ourense. Nunca soltó las manijas del tempo; de repente constreñía los compases y, a su antojo, lanzaba al cuarteto al abrupto con una suma explosiva de caja, bombo y charles. Contradiciendo la imagen falaz del envejecimiento. En la segunda vez de Foster en el Café Latino, la razón era tributar a Art Blakey, uno de los baterías legendarios, clave en la evolución de las épocas be bop y hard bop.

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A las 10 de la noche, el local, un templo del jazz en España, está repleto, vestido de club; el tintineo de las copas no cesa. Bulle el público, bulle el escenario. Foster, con una sonrisa perpetua y gorro con visera, se oculta detrás de los platillos pero no se esconde. Golpea duro, restallando el óxido de sus huesos. Así introduce un guiño ajeno: “St Thomas”, clásico de Sonny Rollins, al que imita de forma notable Goldwin Loius, el más destacado del cuarteto. La pauta de Foster y el repertorio propician su lucimiento. Es un músico grande. Literalmente. Engulle el saxo tenor y despide escalas trepidantes, fraseos en el ADN de los aficionados como, sobre todo, Moanin’, cumbre de la noche. Luego deja el instrumento colgado alrededor de un foulard y, con el soprano, toca ritmos tenues, como el Round Mignight al estilo Dexter Gordon.

Godwin Louis, en primer término, en el concierto de Al Foster Quartet en el Café Latino de Ourense. 27 de marzo de 2015.

Con Louis como frontman, y David Bryant al piano (serio pero magistral), la formación de Foster, con cuatro noches seguidas en España abriendo el VIII Ciclo de Jazz 1906, replica aquella escuela de maestros que fueron los “Jazz Messengers” de Blakey, una cantera de los mejores solistas desde los años 50 a los 80. Wayne Shorter, Lee Morgan, Freddie Hubbard o Wynton Marsalis pasaron por el grupo que Blakey heredó de Horace Silver.

La noche se arroba con la música al mando. El batería solo sale de su parapeto de enormes platillos y coge el micrófono en un par de ocasiones. Presenta a su cuarteto (que completa Douglas Weiss en sustitución del tercer joven, Daryl Johns) y después se despide. El público, testigo de una era revelada esta noche, se entrega, en pie.

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Gracias a Miguel Abad y Domingo Bobillo. Me he apropiado de dos fotografías vuestras 🙂