Jorge Pardo, maestro antes que aprendiz

“Aprender es el juego más excitante. A veces, la experiencia es un obstáculo”, escribió un día. Jorge Pardo practica una música de dos filos que laceran el alma. Flamenco y jazz se encadenan como una crono por relevos en la carrera dilatada de un madrileño de calle y escuela. Pardo aprendió el metraje en el conservatorio y el pulso circunstancial y loco del escenario en los circuitos noctámbulos de Madrid, con referentes magistrales como Pedro Iturralde y una querencia por un final mostruoso de dos cabezas. Jazz español hilvanado en las raíces del oficio flamenco. La música en dos mitades. (Más aquí)

Es 2 de febrero y Jorge Pardo, con más de tres décadas de bagaje y de buena memoria, formula tradición y experimento. Hasta los vasos tintinean a la deshora precisa. Jorge toca el saxo tratando de embridar las improvisaciones que desbarran melodías de taranta. Luego su flauta travesera sobrecoge a un público de pies a la cabeza al recordar una pieza que le enseñó Camarón. Es 2 de febrero en el club ourensano que celebra 25 años con la aspiración de recibir próximamente, bajo palio si fuera preciso,”al último superviviente del Kind of Blue“, Jimmy Cobb. El jefe, Eduardo Rodríguez, mira a Jorge, más que un músico habitual en el café, un amigo que cruza de la barra al escenario. Es febrero y terminan dos noches de música en directo encajonadas entre el misticismo del Café Latino. Jorge domestica de vez en cuando el pelo y hace palmas ante un retrato de Ron Carter, una de las efigies que totemizan el local. Eduardo, el dueño del club ourensano mira la escena con media sonrisa en un ovillo de sombras que se reúnen detrás de la barra.

Jorge Pardo lleva camisa de lunares y Chonchi Heredia retira las esclusas para que mane la voz, un torrente de lirismo que se abre paso de boca en boca. Vibra el compostelano Abe Rábade percutiendo el piano con contrarritmos y arpegios de terciopelo cuando hace falta. Un baterista que se llama Jeff Ballard y comenzó a tocar con Ray Charles y es un hombre habitual de Chick Corea terminó con un solo atávico de música negra. Josemi Carmona busca el duende en la guitarra, Javier Colina subtitula al contrabajo.

Chonchi levanta un muro de melancolía. “La guitarra de Paco está llorando porque sufre la ausencia de un genio y sabio “. Paco de Lucía y Camarón. Pardo dio vueltas al mundo en giras con el primero y rompió las directrices con Camarón, su cicerone en la ciencia musical del experimento consagrado en La leyenda del Tiempo (1979).

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(de Tempo de Lecer Ourense)

Ron Carter: “Cada vez que tocas jazz tienes la oportunidad de hacerlo bello”

Ron  Carter parece el genio desabrido capaz de devorarse a un periodista a las 3 de la tarde. Pero es solo una primera impresión, la lámina de la que se desprende al tomar contacto. Es consciente, eso sí, de qué va primero. Apura un café, ayuda a sus músicos a situar los monitores, da directrices, sugiere una afinación y, en un discurso escueto pero profundo, evoca el pasado, el marco de referencia por el que se entiende su elogio diario al jazz. La grabadora calla con él subiendo al minúsculo escenario, ordenando la prueba de sonido, entregándose en una variante majestuosa del So What.

Medio siglo de carrera; ¿cómo ha sido cada noche con respecto a la anterior?

Yo creo que cada vez que tocas jazz es una oportunidad de hacerlo bello. Considero un error no darse cuenta de que cada noche, en cada concierto, surge la ocasión inmejorable de hacer mejor música.

¿Cuánto ha cambiado la música en 50 años, centenares de discos, idas y venidas de estilos…?

En mi caso, no estoy tan seguro de que haya cambiado la música, sino la gente con la que he interpretado música. Creo que hoy tocamos las mismas notas que teníamos en los noventa, pero los músicos han sabido reinterpretar y ensamblar de una forma distinta esas notas. Creo que lo que sucede es que hoy en día es más habitual que los músicos provengan de escuelas en las que aprenden distintas formas de técnica con la que hacer una combinación distinta de los sonidos. Pero no estoy tan seguro de que el jazz en sí haya mutado.

Hablas de la formación; los músicos de la era dorada se convirtieron en clásicos tocando una y otra vez. Hoy en día, parece que la música nace y crece en la academia

Yo mismo he tenido muchos estudiantes aprendiendo a mi lado [es profesor emérito de la City College de NY y, entre otros honores, ostenta un doctorado honorífico de la Manhattan School of Music] y todos ellos llegan a tocar bien el contrabajo. Pero creo que un maestro no debe tanto enseñar a tocar muy bien como mostrarle que las elecciones que ellos mismos tomen al tocar los harán diferentes. Esto es lo que distingue a los músicos más explosivos del resto, sin decir que unos toquen mejor o peor.

Es obligatorio preguntar cómo recuerda Ron Carter su etapa junto a Miles en uno de los quintetos que marcaron historia

¿En serio, lo hicimos? [bromea, luego hace una pausa]. Esos años fueron un laboratorio de ciencia. Cada noche el qúimico número uno, Miles, decidía los componentes con los que Wayne, Tony, Herbie y yo [saxo, piano, batería y bajo] teníamos que crear. Nuestro trabajo era coger esos químicos y hacer algo con ellos.

Llegas al grupo en 1963 después de Paul Chambers, y lo dejas en 1968 antes de la época de Dave Brubeck. A partir de ahí, Miles giró a la electricidad; ¿tuvo que ver en tu marcha el cambio de sonoridad?

Para nada. Hay que pensar que yo tenía una familia, tenía dos hijos. Después de estar girando con Miles durante cuatro años y trabajando mucho [enfático], necesitaba y quería parar y sentarme con mi familia, ver a mis hijos crecer. Salía de gira y tenían este tamaño; volvía y tenían este otro [señala con mímica].

¿Un músico de jazz debe ser un artesano?

Mi trabajo es hacer que resulte así.


Café Latino, 3 de noviembre de 2010

Fotografías: Jesús Regal