El poeta grave

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Gracias, cerveza, gracias, cerveza. No existe otra fórmula asequible. Suena The Sing, uno de los temas del último largo de Bill Callahan, Dream River, donde mandan y gobiernan las metáforas. Y significan tanto las palabras como los silencios. Y la poesía trepa como una enredadera por el expresivo envoltorio de su voz grave y el crescendo de volumen de la banda pretoriana: la eléctrica y pedales de su contrapunto Matt Kinsey, bajo y batería bipolar: de la caja a la escobilla.
El gigante antes conocido como Smog (encontrará la forma de extrańar el amor frívolo en Dress Sexy at My Funeral) no consiente que una arruga haga una marca aviesa en su camisa americana. Tiene el pelo rubio cobrizo y la naturaleza, que domina las portadas de Apocalypse (2011), la obra maestra Sometimes I Wish I Were An Eagle (2009), o de su último trabajo (el quinto que firma con nombre propio en una amplia trayectoria de casi una veintena) es su musa, el paisaje recurrente.
Comparece sin liturgia en el micrófono y fondea el ancla, las cuerdas vocales, en un escenario de luz timorata. Unas quince canciones y nada más. Varios “thank you for coming” , lo máximo a lo sumo, que no rompen la monotonía oscura. Y sin embargo el resultado es excitante, magma en ignición en una noche desabrida de Valladolid. Vuelan los mensajes trascendentes y las imágenes en Callahan, que se balancea en una atmósfera inquietante y sombría, y un riff rompe los esquemas o una coda ruidosa alivia el canto angustiante o un concepto jazz (hay mucha influencia de Astral Weeks) bombea toda la energía. La enredadera tupe el teatro en la preciosa muestra evolutiva de Too Many Birds, así va desentrańando lo que tiene que decirte:

If…
If you…
If you could…
If you could only…
If you could only stop…
If you could only stop your…
If you could only stop your heart…
If you could only stop your heart beat…
If you could only stop your heart beat for…
If you could only stop your heart beat for one heart…
If you could only stop your heart beat for one heart beat.

Atrapado te despistan sus muecas hieráticas cuando abre las esclusas, te deleita con la física-química de su sonido, deduces que hay mucha esencia, pasajes coriáceos y arreglos predichos con ciencia matemática. Casi te has repuesto de la apertura excesiva, exagerada, de la telonera Circuit des Yeux, atronado por el altavoz en primera fila. Explosiones puntuales del elenco de artistas rodean el impulso del barítono, que si acaso da dos pasos y acomoda la Fender sin dejar de exhalar versos.
No es indie, no es folk, ya no sirve el lo-fi; es un universo informe, oscilante, atropellado; es esa música que palpita como un martillazo en el dedo. El tempo es pertinaz y esquizoide en America!, una obsesión cerval llevada al pentragrama. En Ride my arrow, mientras la ceja derecha escala por un tobogán de grave a grave, el poeta cuenta, invadido por el debate interior que define Dream River (grabado en Austin, Texas) si la vida es un viaje que recorrer o una historia por moldear. Verbaliza en Spring la capacidad de ejercer un “poder que desplaza las cosas de forma neurótica”. Antes de las 2 horas, que es en todo caso insuficiente para llegar a cualquier lugar en Estados Unidos, la revelación de su viaje interior termina. Se acaba el concierto con la misma determinación que el “Fin” en sampler visual en la pantalla del Teatro Cervantes, que es un cine. Callahan, con fama de persona imposible y hurańa, ignora los bises. “Siempre me equivoco en el mismo lugar”, relata en la hoja de bitácora Small Plane. Y entonces, aunque el trance perdura, se acaba la poesía.

La imagen es de Wikimedia Commons

Depedro, en la frontera hospitalaria

Publicado en el suplemento de fin de semana “ViSaDo” de Faro de Vigo, el 15 de noviembre de 2013. Todos los derechos reservadosIMG_4921

Siempre de gira, Jairo Zavala recorre medio mundo con su Gibson y lo plasma en un pentagrama que remite a varias latitudes del planeta. Estrellas de tres continentes colaboran en su último disco, La increíble historia de un hombre bueno. El artífice de Depedro y miembro de Calexico se estrenó en Ourense.

Lo primero que Jairo Zavala, alma máter de Depedro, hizo para dar la vuelta al mundo fue nacer. Hijo de padre peruano y madre criada en el crisol africano de Guinea. Se fajó como un noctámbulo en los clubes madrileños y jam sessions, fue músico en un programa de humor de televisión, armó la banda Vacazul y se multiplicó en contacto con la renovadora experiencia de Calexico, echando a la espalda bagaje y kilómetros de carretera. Tras pasar los últimos meses de sala en garito por Estados Unidos, Australia y media Europa, Zavala se detuvo el 9 de noviembre en Ourense, en una estación que aún no conocía.

Los viajes al globo de Depedro -ha actuado en Rusia e Israel, Alemania o México- edifican sus canciones, cálidas y sensoriales, permeables a influencias donde las trazas más evidentes son las atmósferas folk y latinoamericana. Así abrazó Jairo Zavala la Llorona, una canción lastimera de la tradición mexicana, en su repertorio desde el inicio, y en cada concierto marca indefectible del clímax. Pero nuevos horizontes aparecen en su tercer disco, La increíble historia de un hombre bueno (Warner Music, 2013), un proyecto con acentos pop y electrónica que se compaginan con los medios tiempos, una cumbia o letras imbuidas de la indignación social. Músicos de tres continentes magnifican el acabado de su último trabajo, cuyas composiciones, según él mismo, encomian a los héroes anónimos, los padres de familias que luchan por llegar a fin de mes, las madres coraje. El disco se grabó en Tucson, Arizona (EE UU), en los estudios de Craig Schumacher que los líderes de Calexico, Joey Burns y John Convertino, descubrieron a Zavala ya en su primer proyecto.

Ante unas ochenta personas en la sala ourensana Berlín, el madrileño se entregó -canta como su suda- y exhibió su música cosmopolita acompañado por banda en formato mínimo: el instrumentista Lucas Álvarez -que ejerció de telonero-, y Andrés Litwin, un batería hábil y enérgico formado en el jazz. Jairo, abierto de par en par durante los 90 minutos de concierto, pidió el abrigo del público animándolos a arrimarse al escenario tras el pegadizo tema de comienzo, Como el viento. Su agradecido mestizaje de texturas al pulso de una Gibson inseparable hizo el resto.

 

La ley de Jurado

Damien Jurado - Café&Pop Torgal (Ourense) -<br /> 05/09/2013

Algún día, y será la cuarta vez, Damien Jurado descenderá de nuevo la afilada escalera del Torgal de Ourense con una canción dedicada bajo el brazo. Lo suyo es devoción. Como los garageros The Cynics retrataron el ambiente noctámbulo y electrizante del añorado Rock Club. Jurado, emocional y ceńudo cuando ensarta la voz en su acústica, declaró amor eterno a su local predilecto, un pequeńo café de 70 metros bajo suelo donde los fieles se arremolinan, en una ciudad fetiche en la que ya no es tan infrecuente que grandes nombres de la escena americana se desvíen de la ruta para tocar. Ourense, un escenario ignoto, como una Iowa europea, tiene sitio en el mapa por mérito del Torgal, entre las grandes salas indie nacionales. “Es el mejor lugar del mundo; uno de estos días compondré una canción sobre este sitio”, se explayó el autor de Seattle, sepultado en el diminuto escenario, la noche del jueves, por docenas de cabezas pendulares rendidas a melodías alt-folk como “Ohio”, “Arkansas” o “Museum of Flight”, de su último largo, Maraqopa (Secretly Canadian, 2012).

Era la segunda ocasión en ańo y medio que Ourense acogía a Jurado, en solitario esta vez. El Teatro Principal oficiaba en marzo de 2012 la puesta de largo, con banda, de su repertorio más reciente. Hace diez ańos que los hermanos Pedrouzo -absortos como un fan más mientras trabajan- se tiran al vacío para deleite de un grupo irreductible de seguidores que se enganchan ańo a ańo a su programación de vanguardia. Antes de arrancar con una nueva edición del American Autumn, Damien debía rubricar la conmemoración del décimo aniversario de la sala donde tocó por primera vez en 2009. Jurado, precedido por la música detallista y volumétrica de William Tyle(Lambchop, Silver Jews) a la guitarra, apuró una botella de agua en el fondo del café junto a su pareja, y durante hora y media se dedicó a hacer canciones sentidas, entre su cariz doliente y su esfera espiritual. Utilizando rugosos acordes o la guitarra como una mecedora, pautando destellos de luz con una voz cromática y cambiante. Al terminar vendió y firmó discos, y concedió fotografías. Fuera de escena discutió entre amigos sobre política, el trato al gallego y el estado de la cultura en España.

La fotografía es cortesía de Cenizas en el Aire y tiene todos los derechos reservados. Galería completa

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Eilen Jewell, melancolía, frenesí y botas camperas

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El country es así, yihas!, desamor, tristeza, botas camperas, alcohol destilado. Es la fuga melancólica de una slide, una voz meliflua y perezosa, una guitarra restallando honky-tonk. Es Eilen Jewell, sacada en su treintena de un fotograma de los 50 , el último gran nombre de mujer en la música americana de raíz. Una voz tamizada de dulzura y desencanto, descarriada al filo del pentagrama, con matices del clásico sonido de bar pendenciero, de la filmada sensación de un mar de asfalto por delante. Jewell bruñe su nombre en un estilo múltiple sin abismos: folk, rockabilly, blues. La reina del acorde menor, título de su último disco ‘Queen of the minor key -el modo “tiene algo inquietante, misterioso y realista” dijo a Faro de Vigo en 2011-, regresa el jueves 13 a Galicia, sin estrenos, tras cautivar hace menos de dos años en la Sala Son de Cangas. A partir de entonces encadena sin resuello 5 conciertos en una semana de periplo en Espańa. Su entrega a la carretera se salda con casi 200 bolos al año. La ungida sucesora de Lucinda Williams, que la predecerá 48 horas antes en la Capitol de Santiago en una conjunción inmejorable (reina y heredera) se toma las licencias de una dama. “Soy la reina de los tragos de etiqueta negra”, canta en el corte crepuscular que da nombre al disco, el quinto largo desde 2005, tributo incluido a la leyenda country Loretta Lynn, una de las musas femeninas que adornan su acústica de autógrafos. La norteamericana, nacida en una aldea montańosa de Idaho (medio oeste de EE UU), asentada en la urbana Boston, aterriza en Santiago con una banda rutilante de formación clásica, anticipando madera y frenesí: Jason Beek (su marido, a la batería), Jerry Miller (guitarras) y Johnny Sciascia (contrabajo). Para asentir con la cabeza, para arrancarse a bailar.

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La evasión esencial de Norah Jones

La hipnosis es una atracción melódica en la voz candorosa de Norah Jones, pausada y poderosa como la terminación en resaca del mar sin esclusas, un torrente que irrumpe, amplía o circunvala paisajes clásicos y otros conceptos más aparatosos donde el pentagrama es un acelerador. Un trasfondo de historia de desamor y la producción de apuesta vanguardista de Danger Mouse (Gorillaz, The Black Keys) arman en Little Broken Heart, su último disco, el que consagra el cambio, una escena poliédrica de estilos donde el ambient y el pop se dan la mano en la dulce representación de Norah como lugar común. Diez años de acertada evolución a nuevos mundos sin traiciones contemplan su carrera, rampante, intransferible.

Emancipada de únicas etiquetas, en el escenario emerge como una sensación orgánica que no falla. La piel como diana. La canción que hace rasguños, en acordes suaves donde el piano lleva el timón, o trepidantes escenas donde la música se expande y se ensortija. Sin anclajes pero sin olvido, raíces, sonidos primarios y música de andamiaje y deconstrucción se alternan en un repertorio articulado sin intermedio, que el sábado duró hora y media en una plaza de toros cubierta de Lisboa, en un sobrio escenario rescatado por luces cromáticas intermitentes y un decorado de ensoñaciones de pájaros de papel. La atmósfera personal y vulnerable idónea para redimirse.

Tres bises en un set acústico, con la banda y la artista neoyorquina de origen judío junto a un solo micrófono pertrechados de cuerdas y acordeón, estilo vernáculo, auténtico, callejero, arrullaron a los 3,000 que abarrotaban la grada del Campo Pequeno de Lisboa, sede de intercambios de sonido clásico y nuevas cadencias que aporta en ocasiones la banda (bajo, teclados, batería, lead guitar y pedales) en una montaña sonora por estratos. Para finalizar un concierto de una veintena de temas, Norah Jones desarmó la crítica y conquistó voluntades. Tres canciones consecutivas susurradas sin embalajes por un micrófono omnidireccional dejaron un final mezcla de admiración y una sensación turbadora como su belleza. Sunrise, Creepin’ In y un Come away with me conquistador hasta el tuétano rubricaron la actuación con una catedral a la sencillez.

Antes ya había derrumbado la exigencia con un guiño a su disco más universal, “Come Away With me” (2002), aquel que la catapultó a las estrellas con 8 premios Grammy y todos los focos. El piano arropó la soberbia intrepretación vocal en temas que concitaron todos los ojos y oídos, como Cold Cold Heart, un clásico de Hank Williams inscrito a fuego en su repertorio y publicado en el CAWM, Don`t know why o la reciente Miriam, con la que heló la sangre en una interpretación sublime. En la parte inicial, Norah Jones concentró varios temas de su nuevo disco –Good Morning, Say Goodbye, Take it back, Little Broken Hearts– con otros que marcaron la senda estilística años atrás, caso de la majestuosa Chasing Pirates (The Fall, año 2009), ejecutada mediante un final arrollador de la escuela Wilco.

En un ida y venida desde la innovación a la esencia, las piezas casaron y la banda sonó polifacética. Funcionaron los ritmos adulterados –All a dream, Happy pills– y las ejecuciones root con Sinkin Soon’ como cumbre, una oda al Nueva Orleans de las brass band, el bourbon y el sudor, escalofriante. Hubo espacio, antes del éxtasis acústico del final, para que los teloneros Cory Chasel, un dúo de Nashville aferrado al folk, compartieran escenario ayundando a recuperar del baúl Hickory Wind, un clásico de la música norteamericana firmado por Gram Parsons.

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Norah Jones, pop con esencia – El Periódico de Catalunya, 22 de septiembre de 2012

Madrid se cobija de la lluvia bajo la cálida cercanía de Norah Jones – EFE, 23 de septiembre de 2012