Jerry González, solo una dosis

Mientras su hijo mataba marcianitos con el móvil y después de reclamar su gin-tonic al tercer tema del concierto, Javier Colina hizo la genuflexión. Tomó las 4 cuerdas del contrabajo como un pelo rebelde. Abría la mano como si le sacaran sangre. Y tal cual acariciase una guitarra salió un bolero. Colina, cuyas inmersiones junto a otros caminan desde Bebo Valdés o Tete Montoliú a Joaquín Cortés, El Cigala o Juan Perro, se dio cuenta de que el chico faltaba durante un solo de Jerry González al fliscorno. Acertaba, no sería la mejor noche.

imageVolvió el chaval, sentado en la primera fila del Café Latino de Ourense, inmerso en la edición número 18 del Festival de Jazz de Primavera, y el puertorriqueño nacido en el Bronx y asentado en Vigo por una mujer ya reposaba en la banqueta del piano. Al terminar, no remoloneó con las fotos deslizándose como podía hasta una silla en la terraza donde parapetarse, con el cigarro en la mano. Con sombrero cubano y polo de cuello alto, no había reinado la locura.

IMG_6136El jazz latino orientado más a Cuba que a la salsa le presentó al legendario Dizzie Gillespie en los 70 y creció en el grupo de Eddie Palmieri. Con aquella búsqueda de enlaces entre el ritmo del continente negro y la base del jazz llegó a su mítica formación “Fort Apache Band”, reconocida en las antologías como su laboratorio de mestizaje. El álbum “Rumba para Monk” (1989) obtuvo el premio anual de la Academie du Jazz francesa. “Moliendo Café”, dos años más tarde, marcó otro de los hitos del jazz simbiótico. Pero fue el director Fernando Trueba el que lo convertiría en un nombre popular con su Calle 54, el documental que diseccionó los vericuetos del estilo forjado por nombres como Paquito D’Rivera, Tito Puente, Bebo Valdés o Michel Camilo.

IMG_6087Más adelante, Jerry González, asentado desde inicios de siglo en España, hizo sociedad con el flamenco. Su última formación fija es El Comando de la Clave. A Bilbao, la última de sus cuatro noches de gira española de este abril, Jerry González sí llevó las congas y un combo con mucho más ritmo. En Ourense, donde aún han de llegar Jorge Pardo o Chano Domínguez, con los que ha colaborado, el varias veces aspirante a los premios Grammy solo dejó pinceladas de su duende con una revisión de standards y leves dosis de energía.

imageDura lo que dura el frenesí. Pero cuando suena un sostenido y los focos refulgen en el metal frío nadie repara en el rostro rígido del trompetista ni en unos dedos que renquean cuando abaten los pistones. Toda una corriente del jazz de fusión le debe su interés por la influencia del intercambio de raíces de África a Cuba. Así se puso a tocar el Bésame Mucho, uno de los grandes momentos de la noche, inoculando el vaivén sonero al pulso rítmico del trío. O cerrando la noche con revisiones de Miles Davis, su gran influencia.

IMG_6201“Fue muy latino, muy flamenco, muy bien”, dijo una mujer al batería Carlos López, el complemento gallego del dúo González-Colina, habitual desde hace años. Yo tampoco sabía precisar el concepto porque se frustaron un poco las expectativas. Pero, como aquella mujer y el centenar y medio que llenaban el Café Latino, me vine arriba cuando el trompetista improvisó un solo, y al fin brindó el derroche que esperábamos, sacándole sonido como pudo, con las manos y las baquetas, a las congas de pega de la decoración.

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Al son de un perro mestizo

imageLleva sombrero por convicción, nada de impostura, creo, y por si se presenta la ocasión para quitárselo, como repetía Sabina. Su color lívido bajo el sudor y los focos es engañoso. Una voz robusta, modular, escamada con inflexiones constantes, suficiente por sí misma en cantos al aire como No más lágrimas, lo colorean de negro. Envejece como un adolescente, sin perder el aspecto de joven inconformista que no se arredra, que da un golpe sobre la mesa, siempre con una clase suma e investido de autoridad moral.

Habla del delta del Ebro como si fuera el Mississippi. Es locuaz, explica el metraje como un músico de conservatorio y se expresa como un escritor. Cuida al detalle los sintagmas y cada introducción despide un uso privilegiado de las palabras. No es un músico de grupies, sus conciertos son lecciones dictadas. Dos noches paladeó el olor, el calor, el sonido a puro garito de la Mardi Gras de A Coruña. Una sala de textura neorlina para un amante confeso de la ciudad selvática y multicultural de Louisiana, donde la música dio a luz una raza briosa y mestiza. “Crucé Canal Street y llegué a la casa de Satchmo [Louis Armstrong], me abrió la puerta y me dijo ¡hombre, Juan Perro, cómo estás”, figura en una de las introducciones.

Colmado del business, que es El Dorado que cuántos artistas, grandes y mediocres, no conseguirán ni en sueńos, Auserón arrumbó el exitoso pasado de Radio Futura, el grupo más revolucionario de la Movida, en el baúl de la nostalgia y, para encontrarse a sí mismo y bucear en los ríos subterráneos de la música, primero se cambió el nombre. Como John Graham Mellor hasta que fue Joe Strummer. Juntos saborearon las noches de Malasańa. Él evoca sus madrugadas en “José Rasca”, una road song en pequeńito que pertenece a su último disco, el quinto, de su honesto y cualitativo periplo personal, “Río Negro”. En él, del blues patrio hecho con prestancia puedes llegar a una nana. El tema homónimo abrió la noche y una vereda del country al blues. Hubo un Juan Zorro, trovador gallego medieval, y los perros músicos de Kafka y el denigrante calificativo de “perro” a los esclavos en la siega de Castilla. Juan Perro, que reivindica su linaje, son el nombre y animal comunes para un sabueso ilustrado que olfatea caminos de frontera, paisajes de reunión entre la música espańola y las melodías compatibles. Y el son de Cuba para varar.
image De su “negritud”, que es el catalizador de todas sus composiciones, un elemento fundamental como el carbono, manan el rock, ritmos mexicanos como la inédita “En la Frontera” y el son de la Cuba oriental. Toda la investigación del sincretismo de raíces reposa en su libro de ensayo “El ritmo perdido” y toma significado en canciones como “El carro” , que elaboró fruto de días de reunión al lado de Compay Segundo. Perro domina la voz por inflexiones y es capaz de utilizar una sala entera como caja de resonancia. Tiene el duende. A su lado en un proyecto sencillo que llama Casa en el aire y define como “un taller poético y musical” la guitarra espańola de Joan Vinyals, “el demonio del barrio de Gracia” que empasta en un scat los acordes que escalan de tono en “Reina Zulú”, esa canción inspirada por la belleza y el pelo a lo afro de una camarera de Nueva Orleans. Vinyals tiende una línea de ida y vuelta para modelar, según el instante, el sonido de un docto explorador, de un etnógrafo.

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Las imágenes pertenecen a La Huella Sonora, la oficina de producción de Santiago Auserón / Juan Perro

Wayne Shorter, leyenda y renovación

Shorter se agachó pesadamente a silbar al micrófono y el fino sonido inquietaba como los ladridos amargos que emergen en el Bitches Brew, el espeluznante álbum de Miles Davis de 1970 que tocó la cumbre de la fusión, que abrió la caja de Pandora entubando al jazz melodías eléctricas. Allí estaba Shorter. Ya entonces afilaba pentagramas con el poder incandescente de su saxo soprano, lírico y evocador, ácido como el veneno que te carcome por dentro.  Durante 56 minutos se manifestaron al menos las dos últimas generaciones del universo del jazz, este miércoles, 42 años más tarde del hito fraguado con Davis, en una apabullante puesta en escena del cuarteto que envuelve la creatividad y el misticismo de  Wayne Shorter, una leyenda viviente, casi una religión para auditorios ávidos. En A Coruña, enclave del festival de primeras figuras JazzAtlántica, todo sucedió con calculada improvisación desde que el saxo recaló sin aspavientos en un Teatro Rosalía con la guardia baja, sin tan siquiera un momento para aplaudir hasta el cabo de una hora. Un corte evolutivo, cambiante, de compases en estampida y un concepto extensísimo, conducido desde un inicio inquietante a una explosión volumétrica en el arreón final, anticipó en 56 minutos de viaje panorámico la línea del resto del concierto: temas experimentales empastados a la perfección. El cuarteto ejecutó tres composiciones sin resuello y concedió un bis por la vía rápida ajustando el metrónomo a la hora y media de concierto. Prácticamente los aplausos de antes y después del añadido duraron más. La mente y las bocas abiertas, ni te digo.

Desde los clubs al teatro. De los géneros que prorrumpían a la infinita improvisación. Más de cuatro décadas de carrera y seis premios Grammy consolidan el mito. Shorter formó parte de la escuela del bop que supusieron los Jazz Messengers, asumió el relevo del indomable John Coltrane en la superbanda de Miles Davis que se asomaba al futuro y salvó bajo su batuta el desfiladero del jazz de fusión. Entremedias encontró la excelencia creativa en dos obras antológicas: el disco cinco estrellas Speak No Evil (1964) y Adam’s Apple (1966), ambos cobijados por el sello Blue Note -ahora EMI- con el que lanzará nuevo disco en 2013. En la recta final al lado de Miles Davis, In A Silent Way (1969) marcó el camino rupturista que nadie vislumbró igual que el privilegiado Príncipe de las Tinieblas. Wayne Shorter participaría después junto al teclista Joe Zawinul en la fundación de la banda que abrigó todos los estilos, Weather Report, cuna posterior de Jaco Pastorius. En los 80 convergió incluso con Santana.

Shorter, legatario del primer jazz frenético de los clubs y la noche, pionero de la fusión propulsada a partir de los 70,  se acompaña en su otoño vital por el pianista Danilo Pérez, timón de la sección rítmica; Brian Blade, un batería inconmensurable; y el contrabajista John Patitucci. Yendo y viniendo como el leitmotiv de una música en común, en A Coruña construyeron dimensiones múltiples, continuas capas de sonido superpuestas como la sucesión de anfiteatros que el público abarrotó en el Rosalía.  Firme en las escalas del saxofón -recurrió mayoritariamente al poder lírico del soprano-, la leyenda se humanizaba al despegar la boquilla. Shorter se movía encorvado entre el péndulo escénico de luces y oscuridad. Su cuerpo de anciano apoyado en el piano, o dando pasos renqueante, transmitía una imagen falaz. Pocos octogenarios entienden tan bien la renovación imparable. Pocos como Shorter conciben la música como onda expansiva.

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Fotografía: recurso de International Music Network

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