Al son de un perro mestizo

imageLleva sombrero por convicción, nada de impostura, creo, y por si se presenta la ocasión para quitárselo, como repetía Sabina. Su color lívido bajo el sudor y los focos es engañoso. Una voz robusta, modular, escamada con inflexiones constantes, suficiente por sí misma en cantos al aire como No más lágrimas, lo colorean de negro. Envejece como un adolescente, sin perder el aspecto de joven inconformista que no se arredra, que da un golpe sobre la mesa, siempre con una clase suma e investido de autoridad moral.

Habla del delta del Ebro como si fuera el Mississippi. Es locuaz, explica el metraje como un músico de conservatorio y se expresa como un escritor. Cuida al detalle los sintagmas y cada introducción despide un uso privilegiado de las palabras. No es un músico de grupies, sus conciertos son lecciones dictadas. Dos noches paladeó el olor, el calor, el sonido a puro garito de la Mardi Gras de A Coruña. Una sala de textura neorlina para un amante confeso de la ciudad selvática y multicultural de Louisiana, donde la música dio a luz una raza briosa y mestiza. “Crucé Canal Street y llegué a la casa de Satchmo [Louis Armstrong], me abrió la puerta y me dijo ¡hombre, Juan Perro, cómo estás”, figura en una de las introducciones.

Colmado del business, que es El Dorado que cuántos artistas, grandes y mediocres, no conseguirán ni en sueńos, Auserón arrumbó el exitoso pasado de Radio Futura, el grupo más revolucionario de la Movida, en el baúl de la nostalgia y, para encontrarse a sí mismo y bucear en los ríos subterráneos de la música, primero se cambió el nombre. Como John Graham Mellor hasta que fue Joe Strummer. Juntos saborearon las noches de Malasańa. Él evoca sus madrugadas en “José Rasca”, una road song en pequeńito que pertenece a su último disco, el quinto, de su honesto y cualitativo periplo personal, “Río Negro”. En él, del blues patrio hecho con prestancia puedes llegar a una nana. El tema homónimo abrió la noche y una vereda del country al blues. Hubo un Juan Zorro, trovador gallego medieval, y los perros músicos de Kafka y el denigrante calificativo de “perro” a los esclavos en la siega de Castilla. Juan Perro, que reivindica su linaje, son el nombre y animal comunes para un sabueso ilustrado que olfatea caminos de frontera, paisajes de reunión entre la música espańola y las melodías compatibles. Y el son de Cuba para varar.
image De su “negritud”, que es el catalizador de todas sus composiciones, un elemento fundamental como el carbono, manan el rock, ritmos mexicanos como la inédita “En la Frontera” y el son de la Cuba oriental. Toda la investigación del sincretismo de raíces reposa en su libro de ensayo “El ritmo perdido” y toma significado en canciones como “El carro” , que elaboró fruto de días de reunión al lado de Compay Segundo. Perro domina la voz por inflexiones y es capaz de utilizar una sala entera como caja de resonancia. Tiene el duende. A su lado en un proyecto sencillo que llama Casa en el aire y define como “un taller poético y musical” la guitarra espańola de Joan Vinyals, “el demonio del barrio de Gracia” que empasta en un scat los acordes que escalan de tono en “Reina Zulú”, esa canción inspirada por la belleza y el pelo a lo afro de una camarera de Nueva Orleans. Vinyals tiende una línea de ida y vuelta para modelar, según el instante, el sonido de un docto explorador, de un etnógrafo.

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Las imágenes pertenecen a La Huella Sonora, la oficina de producción de Santiago Auserón / Juan Perro

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Depedro, en la frontera hospitalaria

Publicado en el suplemento de fin de semana “ViSaDo” de Faro de Vigo, el 15 de noviembre de 2013. Todos los derechos reservadosIMG_4921

Siempre de gira, Jairo Zavala recorre medio mundo con su Gibson y lo plasma en un pentagrama que remite a varias latitudes del planeta. Estrellas de tres continentes colaboran en su último disco, La increíble historia de un hombre bueno. El artífice de Depedro y miembro de Calexico se estrenó en Ourense.

Lo primero que Jairo Zavala, alma máter de Depedro, hizo para dar la vuelta al mundo fue nacer. Hijo de padre peruano y madre criada en el crisol africano de Guinea. Se fajó como un noctámbulo en los clubes madrileños y jam sessions, fue músico en un programa de humor de televisión, armó la banda Vacazul y se multiplicó en contacto con la renovadora experiencia de Calexico, echando a la espalda bagaje y kilómetros de carretera. Tras pasar los últimos meses de sala en garito por Estados Unidos, Australia y media Europa, Zavala se detuvo el 9 de noviembre en Ourense, en una estación que aún no conocía.

Los viajes al globo de Depedro -ha actuado en Rusia e Israel, Alemania o México- edifican sus canciones, cálidas y sensoriales, permeables a influencias donde las trazas más evidentes son las atmósferas folk y latinoamericana. Así abrazó Jairo Zavala la Llorona, una canción lastimera de la tradición mexicana, en su repertorio desde el inicio, y en cada concierto marca indefectible del clímax. Pero nuevos horizontes aparecen en su tercer disco, La increíble historia de un hombre bueno (Warner Music, 2013), un proyecto con acentos pop y electrónica que se compaginan con los medios tiempos, una cumbia o letras imbuidas de la indignación social. Músicos de tres continentes magnifican el acabado de su último trabajo, cuyas composiciones, según él mismo, encomian a los héroes anónimos, los padres de familias que luchan por llegar a fin de mes, las madres coraje. El disco se grabó en Tucson, Arizona (EE UU), en los estudios de Craig Schumacher que los líderes de Calexico, Joey Burns y John Convertino, descubrieron a Zavala ya en su primer proyecto.

Ante unas ochenta personas en la sala ourensana Berlín, el madrileño se entregó -canta como su suda- y exhibió su música cosmopolita acompañado por banda en formato mínimo: el instrumentista Lucas Álvarez -que ejerció de telonero-, y Andrés Litwin, un batería hábil y enérgico formado en el jazz. Jairo, abierto de par en par durante los 90 minutos de concierto, pidió el abrigo del público animándolos a arrimarse al escenario tras el pegadizo tema de comienzo, Como el viento. Su agradecido mestizaje de texturas al pulso de una Gibson inseparable hizo el resto.

 

Carlos Núñez, el mundo por descubrir

la fotoUn aura de filósofo y esteta rodea a Carlos Núñez (Vigo, 1971), al que nunca olvidaré cercado por el recogimiento en grado sumo en los prolegómenos de un gran concierto. Abstraído, hundido entre colores blanco y negro, preparando tal vez los viajes febriles de sus dedos por la superficie de las flautas o el punteiro, casi domesticando el aire en exclusiva, conteniendo la fuerza energética que relumbra sobre las cabezas del público cuando toca de esa forma virtuosa. “Como John Coltrane o Jimmy Hendrix”, realzó el periódico The Guardian. Ocurre en fechas señaladas como una forma de dominación de los tiempos, como la liturgia en un instante para desbravar el genio y la furia interior que lo dominan. En 2004, los músicos aficionados que completaban un concierto especial de cumpleaños se hicieron a un lado cuando el artista vigués prorrumpió, casi levitando, en el claroscuro del backstage. Sus instrumentos, flautas, gaita, ocarina, yacían como cuerpos inertes en la mesa de un forense. Él les insuflaba vívidos sonidos a pulmón. El bullicioso tic de espera de público y acompañantes calló al unísono. Treinta mil almas poblaban aquel día el auditorio vigués de Castrelos. La gaita detuvo el tiempo con un tono lacerante hacia la mitad del concierto: un desgarrador “Concierto de Aranjuez” asimilado hasta entonces como música templada sonó a llanto colectivo tras la reciente masacre del 11-M. Etiquetar a un músico innovador, polifacético, multicultural, armado de un genio torrencial, conlleva ser impreciso. Igual que reversiona pura tradición como Pasacorreidoras o la Muiñera de Chantada, ensaya conexiones con el flamenco, ejecuta bandas sonoras con la gaita, recupera el canto de afiador de Alan Lomax que en su momento inspiró a Miles Davis o se encastra con acierto entre pentagramas de música clásica e interpretaciones en directo con una orquesta sinfónica. “Hay que romper, claro que sí, pero amando y respetando lo que han hecho otros”, concebía al respecto Enrique Morente. Y Carlos Núñez se adueña por igual de lírica y ritmos trepidantes, de notas sostenidas y fraseos fugaces, de pureza y fusión.

El jueves, Vigo se entregó otra vez a la partitura inacabable del artista más global de Galicia, una tierra enquistada en el adiós, el éxodo y los agravios pese a las potencialidades que su músico referencial reivindica como un embajador. “El gallego nunca llega a cortar el cordón umbilical. Lo que llevo aprendido es que lo más universal que tenemos es la fuerza de esa Galicia milenaria. Ojalá seamos conscientes de esa riqueza que tenemos y, algún día, de valorizarla”, reflexionaba tras culminar, con un disco majestuoso de encuentros, Alborada do Brasil -The Times calificó el concierto presentación con 5 estrellas-, la investigación obstinada de la historia de su bisabuelo, un emigrante del que no se supo más hasta que Carlos descubrió el eslabón perdido de su doble vida: Maxixe de Ferro, un enigmático hallazgo en forma de canción firmada por un más que sospechoso Jose Maria Nunes en los años cuarenta de la Belle Epoque brasileña. Ourensano, vigués, gallego, cosmopolita, Carlos Núñez vive volcado en una búsqueda constante de nuevos mundos, en la emigración a territorios musicales conectados con el sonido celta, a nuevas formas donde hasta el rap resulta la horma de un poema de Rosalía de Castro. “La música gallega es el resultado de como somos nosotros. Y nuestra historia es clarísima: nos mezclamos. Por eso tiene todas esas vías posibles. En Galicia están estas autopistas, esos ‘fíos máxicos’ como los llamaba Manuel Rivas, que nos unen con Irlanda, Escocia, Portugal, Brasil, incluso con el flamenco. Todos esos mundos somos nosotros”.

“Recuerdo cuando no era más que un chiquillo, un crío imberbe pirrado por todos aquellos grandes músicos. Absorviéndolo todo”, introduce Miles Davis en su autobiografía. A los 12, Carlos Núñez se subió al escenario junto a la Orquesta Sinfónica de Lorient y antes de su despegue en solitario en 1996, ya se había convertido en el séptimo Chieftain. Quince años más tarde, nadie le discute como exponente principal de la música exportada desde Galicia. “Discover” es su último disco, una panorámica construida a base de toda su carrera, sus influencias y colaboraciones -desde Ry Cooder a Carlinhos Brown, desde Vicente Amigo a Compay Segundo-, que lo mantendrá en una gira sin descanso por Reino Unido y Alemania en enero y febrero tras haber recalado ya, con éxito, en Estados Unidos.

Con el aforo repleto de 1.400 butacas, Vigo devoró con entrega las 29 canciones del repertorio antológico de Carlos Núñez en el Auditorio do Mar, un enclave con cuerpo de petrolero y tripas de barco de cruceros, pero escenario pese a todo simbólico, varado a la orilla del puerto y la ría de Vigo. El músico, que salió al escenario entre sonidos ambientales del mundo marinero, tocó cumbres en la interpretación de “A Rianxeira”, el himno oficioso de la ciudad que concitó un acompañamiento brazos en alto como una ola de altamar, el cierre de “Aires de Pontevedra” o la espectacular interpretación del Bolero de Ravel; ejerció de mentor de una plétora de jóvenes gaiteiros gallegos que lo secundaron en temas como el oscarizado Mar Adentro, obra de Alejando Amenábar; y profundizó en su estudio permanente de la música gallega, la que ya se vislumbraba en el grupo Matto Congrio, época de la que permanece “Camiño de Santiago”, otra marca gallega que trasciende fronteras. En ese afán de descubridor, con el respeto y sabiduría de un etnógrafo, Carlos puso en escena seis de las Cantigas de Martin Códax, obras del siglo XIII recuperadas del olvido. Logró armonizarlas en Brasil al abrigo de las voces ilustres de Milton do Nascimento o Chico Buarque y en Vigo cedió la voz a una joven gallega. Fue el resuelto modo de tocar la zanfoña de una niña de 8 años de Narón la colaboración que, no obstante, más cautivó al público durante dos horas de diversidad, puentes tendidos y todos los mundos ya descubiertos y aún por explorar por Carlos Núñez, escudado por su hermano Xurxo y Pancho Álvarez, dos músicos de altura que lo complementan, así como por una violinista irlandesa de 20 años. Cuba, Brasil, Irlanda, Bretaña, Escocia, Japón, Estados Unidos configuran el universo conocido del vigués, un artista planetario nacido del Finisterrae. Pero la exploración de nuevos mundos continúa. La próxima frontera, poner música a la Vuelta ciclista a España.

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“Vigo arropa a Carlos Núñez”, crónica en Faro de Vigo, 28/12/12

“El gaiteiro Carlos Núñez, héroe de nuevo en su propia ciudad”, crónica en Atlántico Diario, 28/12/12

“España ha apostado por exportar solo el flamenco, y es una pena”, entrevista en ABC, 13/11/12

“Carlos Núñez desentraña Brasil”, Faro de Vigo, 26/11/2010

“Lo más universal que tenemos es la Galicia rural”, Faro de Vigo, 26/11/2010

“La gaita de Núñez vuelve a sonar en Estados Unidos 11 años después”, El País, 30/9/2012

Carlos Núñez desentraña Brasil

Las obligaciones, la agenda o el reloj escamotean tiempo de uso y disfrute; de ahí esta demora. La música reverbera suene o no y funciona cuando encaja; cuando la sientes sin estar al tanto. Carlos Núñez hizo pedagogía hace cuatro meses en Ourense. La honestidad y fuerza del artista; la grandeza del proyecto, el bosque de melodías en el que echa raíces, el rico leitmotiv de Alborada do Brasil, los etcétera; motivan esta crónica. Un apunte que emerge a la actualidad tras la presentación, ayer, del documental sobre el trasfondo, lo conocido y las bambalinas del viaje musical del vigués.

La información y la fotografía (un certero disparo de Jesús Regal) pertenecen a Faro de Vigo pero en alguna medida, por lo sentimental, también a sus autores.

 

Carlos Núñez desentraña Brasil

El vigués presenta el sábado en Ourense un disco que fragua el legado galaico en el país americano evocando la historia de emigración de su bisabuelo, un músico de A Mezquita 

J.FRAIZ – Ourense / Carlos Núñez es el hito de la música universal, apasionada, sentimental, que no se anquilosa . Con una minuciosidad de etnógrafo, el artista vigués ha recopilado en “Alborada do Brasil”, su último disco, la contribución de la cultura musical galaica allén del Atlántico; en el país americano donde la bossa y el samba son dos, pero no las únicas esencias. Para muestra la canción que abre el proyecto: “Alborada de Rosalía”, obra de la gran poetisa del Rexurdimento a la que Núñez relee.
El resultado es un trabajo multicolor que será ofrecido en directo para los ourensanos este sábado (Auditorio Municipal, 20,30 horas) con un repertorio trufado de melodías que mezclan lo contemporáneo y lo tradicional del sonido brasileño.
“Alborada do Brasil” surge del viaje de investigación emprendido por Carlos Núñez durante un año tras el misterioso rastro de José María Núñez, su bisabuelo, un músico de A Mezquita que emigró en 1904 a aquel país y que “con casi un 95% de posibilidades, según aclaró ayer Carlos, hizo carrera musical tras arribar a Brasil. Carlos ronda el legado de su bisabuelo con el tema instrumental “Maxixe de Ferro”, compuesto por un tal Jose Maria Nunes, un enigmático hallazgo.
El disco y un documental que se difundirá próximamente resumen la comunión de un país con más matices que los tópicos, “del mismo modo que en España no todo son toros y flamenco”, comparó el vigués.
En su incursión por el Brasil de contrastes entre regiones, Carlos Núñez descubrió un sustrato galaico aportado no solo por la emigración sino fruto además de la influencia del Portugal más próximo a la cultura gallego-portuguesa. Así, logró documentar que la gaita fue el primer instrumento oído por los indigenas, según dice la Carta do Descubrimento de 1500.
El gaiteiro, como de costumbre acompañado por su hermano, Xurxo Núñez en percusión; y Pancho Álvarez en las cuerdas; glosará en el concierto del sábado las conexiones de Brasil con otras músicas como la bretona y la irlandesa. Participarán en el espectáculo la campeona irlandesa de violín y concertina, Niamh Ní Charra; además de cuatro jóvenes gaiteiros (uno de ellos, de Cea) la cantante Fernanda Cabral y el percusionista Alan Sousa, colaborador de Carlinhos Brown, el más ilustre del centenar de nombres que participaron en el disco, ineludible.

Fotografía: Jesús Regal