Eilen Jewell, melancolía, frenesí y botas camperas

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El country es así, yihas!, desamor, tristeza, botas camperas, alcohol destilado. Es la fuga melancólica de una slide, una voz meliflua y perezosa, una guitarra restallando honky-tonk. Es Eilen Jewell, sacada en su treintena de un fotograma de los 50 , el último gran nombre de mujer en la música americana de raíz. Una voz tamizada de dulzura y desencanto, descarriada al filo del pentagrama, con matices del clásico sonido de bar pendenciero, de la filmada sensación de un mar de asfalto por delante. Jewell bruñe su nombre en un estilo múltiple sin abismos: folk, rockabilly, blues. La reina del acorde menor, título de su último disco ‘Queen of the minor key -el modo “tiene algo inquietante, misterioso y realista” dijo a Faro de Vigo en 2011-, regresa el jueves 13 a Galicia, sin estrenos, tras cautivar hace menos de dos años en la Sala Son de Cangas. A partir de entonces encadena sin resuello 5 conciertos en una semana de periplo en Espańa. Su entrega a la carretera se salda con casi 200 bolos al año. La ungida sucesora de Lucinda Williams, que la predecerá 48 horas antes en la Capitol de Santiago en una conjunción inmejorable (reina y heredera) se toma las licencias de una dama. “Soy la reina de los tragos de etiqueta negra”, canta en el corte crepuscular que da nombre al disco, el quinto largo desde 2005, tributo incluido a la leyenda country Loretta Lynn, una de las musas femeninas que adornan su acústica de autógrafos. La norteamericana, nacida en una aldea montańosa de Idaho (medio oeste de EE UU), asentada en la urbana Boston, aterriza en Santiago con una banda rutilante de formación clásica, anticipando madera y frenesí: Jason Beek (su marido, a la batería), Jerry Miller (guitarras) y Johnny Sciascia (contrabajo). Para asentir con la cabeza, para arrancarse a bailar.

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Las justas fidelidades de Quique González

Esta es una crónica sin orden, apresurada y con las frases sobrevenidas en dos noches consecutivas de concierto. Sala Capitol, Santiago de Compostela. Laboratorio de las Artes, Valladolid. 22 y 23 de marzo.

228800_10151566905065505_478126390_nAl final sumamos 27 canciones pero pudieron caer 40, 50, 60, 100 y la predilección seguiría in crescendo. No es nada fácil asentir otras carreras, mencionar a otros artistas nacionales que atesoren un repertorio ampliado de la manera talentosa y congruente con que Quique González se ha consolidado hasta arrendar el éxito con estilo. El público huye de la banalidad y ritmos fatuos para refugiarse en sus canciones. El público se congratula mientras canta sus letras de altura y le concede una atención innegable a su último disco, Delantera Mítica. Las expectativas tras cuatro años sin estrenos lo propulsaron a la cima de las ventas -hoy en día, a lo sumo, en vinilo o digitales- en las primeras semanas. Bajo los focos, acumula dos plenos de aforo completo. Fuera el hastío en sus primeras puestas en escena. Se escucharon coros y la gente predecía las canciones adaptadas al directo en las dos primeras fechas de la gira, Santiago de Compostela y Valladolid, viernes y sábado de una primavera lluviosa de un año gris, de nuevo. Salas repletas dominadas por la avidez cultural de la treintena y las prendas denim. Sin billetes ni la mística autocomplacencia de entonces, cuando Quique recalaba con su estuche y con su acústica, mismo aspecto desgarbado, misma timidez que lo reviste de una apariencia afable, en pequeñas salas semivacías en los mejores casos. Para los incomprendidos fans de últimas filas que cantan y rechistan, que cabecean y rechistan, que aplauden y rechistan porque cientos se han subido al carro y las chicas jóvenes paladean cerveza a la luz intermitente de whatsapps, Quique González recetó su medicina: ritmos nostálgicos que sonaron otra vez –Palomas en la Quinta, Salitre-, sonidos añejos –Torres de Manhattan– y la frase suficiente para arreglar una cita a última hora: Y los conserjes de noche, rockera, coreada, bajó las dos noches el telón tras dos horas de concierto para “los que estáis ahí desde el principio”. Idéntico set list, idénticas ejecuciones, la banda fabril ganando automatismos. A decenas de metros del escenario, asentía un seguidor de la vieja escuela metido en la camiseta de Esteban Granero, el 14 a rayas blanquiazules del Queen’s Park Rangers que atravesó a última hora del mercado la puerta insidiosa del Madrid de Mourinho. El canterano que leía a Carver en los viajes en autobús a los estadios desde hoteles glamurosos estaba entremezclado el viernes entre los más de 800 seguidores que abarrotaron la magnífica Sala Capitol de Santiago.

Delantera Mítica, un gran disco trufado de imágenes que se encadenan, historias translúcidas y alusiones a la fuerza y colisiones del amor y la amistad, se dibujó en sesiones caseras con Leiva y César Pop -un músico y amigo entregado como un fan más entre el público vallisoletano- y se armó en un envoltorio preciosista, al igual que el precedente Daiquiri Blues, en el estudio de Brad Jones de la icónica ciudad musical de Nashville, medio este norteamericano. El disco embarga detalles primorosos como la transfronteriza ranchera Dallas Memphis y anota tantos a favor de las causas antisistema –Dónde está el dinero?, Tenía que decírtelo-, porque de la devastación actual ya no se evade ni un asceta .

Quizá los 27 temas se repitieron una y otra noche para empastar con la cola del directo los sonidos de la nueva banda reclutada para la gira, que promete. Quizá para posibilitar la fórmula mágica que mantiene en orden la complejidad de las canciones. Cualquiera las fabrica y las arrumba en un cajón, muy pocos las mantienen imperecederas. El retornado Eduardo Ortega es el arquitecto de la atmósfera clásica y americana que caracteriza el regreso a la gira de Quique González. Violín, guitarras, mandolina remodelan un aire de la banda muy similar a la época de Ajuste de Cuentas (2006) y el anterior trabajo de estudio La Noche Americana (2005), un punto de inflexión. El grupo de Delantera Mítica -el fútbol, el boxeo, el baloncesto, el realismo de amor y desamor, lo bronco y lo onírico, las imágenes inconexas, las historias parceladas conforman una parte sustancial del libro de estilo de Quique González- juega con tres arriba. Tres guitarras en constante desfile de trastes, de la raíz al andamiaje, de la acústica a la electricidad en pentagramas diversos: casi es alta tensión en Hotel Los Ángeles, suena a pop campero en Caminando en Círculos, pulsátil en Kamikazes enamorados o la reciente Parece Mentira gracias a la batería de Edu Olmedo, en la primera, y al bajo, en la segunda, de Alejandro Climent; energía catalizada por los desvaríos de la guitarra de Pepo López en La ciudad del Viento.

Los 21 gramos del peso del alma que obsesionaban a Sean Penn eran los 21 gramos, sobre incluido, que alienaban día a día la labor insoportable de Bukowksi, no solo alcohólico sino el cartero -lo insufrible lo condujo al sufrimiento- obcecado con huir en una ruta infernal, contrarreloj, de estafeta en estafeta. El poeta perdido reapareció en el puente a modo de versos de mano de un Quique González desatado entre los látigos de guitarras y el aluvión de brazos al aire del público en 39 grados.

Adiós a las normas y tratados y a la letra pequeña de las multinacionales a las que dio un portazo. El músico que retrató a los tiburones discográficos -entonces los mercados eran zombis durmientes- con un poema inspirado en García Montero. No importa lo lejos que vayas, no importa que no te despidas, advertía el cantautor madrileño olfateando el micrófono en la mitad del concierto. El público entregado sucumbe sin salvedades en la especialidad del artesano del rock: los medios tiempos. Hasta que todo te encaje, Dallas Memphis, Su día libre, No encuentro a Samuel (un descarte soberbio que por fin salva el corte de un disco) o Delantera Mítica desarman toda resistencia en un perfecto embalaje de acordes acústicos, ambiente de violín, mandolina y slide, acompañamientos con escobillas y la elegancia que reviste el contrabajo. Sobre un sustrato innegociable de rock americano, Quique se desnuda solo una vez en el concierto y, sostenido a su voz se atreve a desmontar a Bob Dylan -hace años fue su telonero en Jaén- . ¿Estás dispuesta a jugártelo todo o será tu amor en vano?, plantea en un todo o nada, como siempre ha hecho.

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Fotografía: Ensayo general. Perfil de Facebook de Quique González

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Rock en estado puro, en el blog Esa canción me suena

“Soy independiente porque me juego mi pasta cuando voy a tocar”, entrevista en JotDown

Cronica en Rolling Stone

Crónica en Manta y Peli

Quique González, siempre dando vueltas, La Gramola de un Bar

La arqueología musical de Bill Wyman

«En julio de 1961, Mick obtuvo una plaza en la Escuela de Economía de Londres. Un mes después de comenzar las clases se encontró con Keith en la estación de tren de Dartford. Mick llevaba bajo el brazo unos discos de rythm&blues importados de Chicago y Nueva York. Tomaron el tren y hablaron sobre Chuck Berry. Acordaron citarse de nuevo para escuchar los discos de cada uno».

Documentado con la perenne frescura de las anotaciones que registró en su diario, con cientos de fotografías y recortes de la prensa del momento, con la distancia del que fue el stone más comedido, Bill Wyman rememoraba milimétricamente en su libro Rolling with the Stones, editado en España en 2003, el disruptivo punto de partida y el posterior camino trepidante que condujo al parnaso a los Rolling Stones, la banda de rock por antonomasia donde el bajista sirvió durante tres décadas de insumisión, creatividad y cambio (1962-1993), desde la mirada escandalizada por la irreverencia del grupo que enarboló la bandera de la contracultura, a la redención mesiánica de una formación que 50 años más tarde -quién sabe si habrá otra gira- conserva sin explosiones la fórmula inflamable de éxito, mito y misterio.

A la hora y media de concierto, una interpretación enérgica de Honky Tonk Woman transformó la indolencia por momentos en un coro de aplausos y vivas el martes en A Coruña, en un auditorio Palexco semivacío, discutible elección con las localidades encastradas en pasillos largos y estrechos, difícil encaje frente a las formas de un concierto de puro sonido, de reminiscencias sin descanso a la época dorada de los 60 de los sellos Decca, Chess y Motown. Bill Wyman, rodeado de un elenco de músicos de renombre bajo la etiqueta de los Rythm Kings, con electricidad, ritmo y viento, cimentó melodías clásicas embridando con sus cuatro cuerdas de bajo eléctrico canciones bandera de soul, rock and roll y blues. Escudero excluido de algunas grabaciones míticas de la era dorada de los Stones como Beggars Banquet (1968) y Let it Bleed (1969) pero testigo en el estudio del extraordinario Exile on Main Street (1972) y el anterior Sticky Fingers (1971), una obra que perdura más alla de la música, como el propio Wyman, dando nombre a su restaurante de Londres.

Más aristas que la música definen a un personaje polifacético: escritor- ha publicado 7 libros que han vendido dos millones de copias-, fotógrafo y aficionado cazatesoros, hasta el punto de que un detector de metales lleva su nombre. El afán de arqueología y sus fidedignas postales en la banda que blandió el legado de la música negra, redundan en su actual metodología mientras, quién sabe, quizá ansíe aún regresar aunque solo sea por un día a la satánica formación, eterna, inmersa ya en los preparativos de su medio siglo en la cima.

La gira española de Bill Wyman de tres conciertos concluyó el martes en A Coruña con un estilo irrenunciable de temas originales y composiciones que nunca recibirán sepultura. El bajista reposó en las grandes dotes de sus acompañantes de primer nivel, incrustado en la parte central del escenario pero en una segunda línea. Mención aparte para Georgie Fame, un nombre en letras de molde en la historia del rythmn and blues. Habitual en la banda de Van Morrison, el organista se satisfizo con el estribillo de Moondance en el puente de Hit the Road, Jack, en una versión extendida que junto a I Got a Woman mentaron a Ray Charles. También hubo espacio para el vaivén irrefrenable con You never can Tell, de Chuck Berry, la única vez además de Honky Tonk Woman en la que la estrella de cartel se acercó al micrófono para musitar su voz. Negra, desgarrada y candente, la vocalista Madeleine Bell dejó de piedra con interpretaciones sensibles en I just wanna make love to you, de Etta James, o la grandiosa Dancing in the Street, grabada originalmente por Martha & The Vandellas, el desenlace de un repertorio imperecedero, puro y honesto. De leyenda.

“Nunca he tenido problemas para rodearme de buenos músicos”, La Opinión de A Coruña

“La música ya no es mi prioridad”, El Correo

Coque Malla, el día y la noche

Hay pocos artistas encumbrados cuando cierra el escenario que tengan repelús al paroxismo de sus fans, a los ‘guapo’ porque sí del público que confunde una canción con despedidas de soltero. Coque Malla te puede sonrojar de una mirada y erguir barricadas contra un tipo bañado en un mar de sustancias que se hace el gracioso. Si canta una ranchera –Hace tiempo– directa al corazón, canta una ranchera. En Coque Malla anida el rocanrol de los artistas honestos sabiamente bien parados de sus propias contradicciones. Con agallas desde Los Ronaldos al primer desembarco en solitario en la música visceral –La hora de los gigantes, su tercer disco, hace un guiño a los Stones, al rock clásico, a “toda la música que he escuchado”-, en el madrileño confluyen las canciones cuando tocan, en el momento preciso. Y si procede una revisión desenfadada de Pedro Navaja de Rubén Blades -por el que prepara un encuentro con músicos cubanos en el Café Central de Madrid- acto seguido prestigia el legado de rock de la banda Las Ruedas que compaginó como ronaldo, un pasado injustamente olvidado a su entender.
Coque Malla se pasó este fin de semana por los dos extremos de Galicia en dos locales para tomar copas -él, gintonic- adaptados por un par de horas a la efervescencia que acompaña a los conciertos. Se acabaron las pretensiones de antes de la crisis y cualquier lugar es bueno si el cartel es aun mejor. La disposición del público de A Coruña la noche del sábado arrancó un plus de desenvoltura al músico madrileño, más aclimatado que el día anterior en un show que se adentró en la madrugada de Vigo en un local anodino, donde Coque corrigió con desenfado la falta de sintonía y ciertos automatismos. “Me aburre este repertorio”, musitó junto al micrófono tras cruces de miradas resignadas con Nico Nieto, su contrapeso, un guitarrista más anglosajón que argentino que lleva Fender y Gibson como amuletos. “Os pido silencio en la primera parte, escuchad los matices de Nico”. Coque Malla desentrañaba Termonuclear, su trabajo más reciente, un disco construido con frases para contar y saltos volumétricos, compuesto por letras sobre relatos íntimos, casi siempre, de dos a dos; peor aún, de uno completamente solo como Despierto, la apertura. La empatía de su segunda noche deparó el todo por el todo en temas de pura espasticidad como She’s my baby o Cuídate -guiño al Lust for Live de Iggy Pop-, además de ritmos cadenciosos con pasajes de medio tiempo e himnos -menos al amor, más a la cocaína- como Hasta el final o la publicitaria No puedo vivir sin ti, una canción para reconciliarse con el público de gorgoritos, menos preocupado por desentrañar el camino de autor por el que transita el madrileño.

Coque dijo que va a volver tras volver a dar de sí en dos breves bises anclados al set list, reincidiendo, agradecido al público, en su lado bueno, con un acompañamiento de la melodía incipiente que devolvía al local de copas a su estado natural. Toca nuevo disco en el horizonte de un año. “Es un proyecto en el que puede que me salgan canas”, anticipó, taimado, antes de salir del local a toda prisa con la copa en la mano, mirada al suelo, emparedado junto a Nico Nieto, su representante y el backliner, quien justo antes se devanaba la cabeza para compaginar la salida del dúo con las hileras de personas que iban y venían del baño.

Sala El Ensanche, Vigo, viernes 2 de marzo

Leclub, A Coruña, sábado 3 de marzo

15 euros

 

 

 

 

 

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Fotografía de Xenxo do Campo. Coque Malla y Nico Nieto, ante el público y ante el espejo. Sala Leclub.

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Enlaces recomendados

“Mi estilo actual contiene inevitablemente toda la música que he escuchado”, Faro de Vigo, 16/10/2009

“Nada me da más paz que tocar en directo”, Suplemento Visado, Faro de Vigo, 2/3/2012

Coque Malla, desde su salón, El País, 29/09/2011

La vida te da sopresas, sorpresas nos da Coque Malla, Live the Roof, 4/3/2012