Jorge Pardo, brisa y mestizaje

@javier_fraiz // 18 de mayo de 2016

Con Jorge Pardo (Madrid, 1956) las canciones se levantan, agitan el pelo y bullen entre las mesas. Aunque se trate de una versión de Cole Porter. Es como si la flauta travesera hiciera soplar el cierzo. Es tan asiduo al Café Latino de Ourense que en esta ocasión, en el XX Festival de Jazz de Primavera, ha disimulado. “Voy a decir que es mi segunda vez, por si acaso no me contratan de nuevo“. Terminará la noche con El Faro, de su disco Huellas, paradigma de esa pauta mestiza que intercala pentagramas y pone al jazz frente al espejo del flamenco.

El madrileño hizo en la ciudad de As Burgas el mismo trecho que recorrió en su día. Aprendiz de conservatorio como fue, primero impartió una clase magistral en la escuela municipal ante los nuevos músicos que aspiran a desentrañar las canciones más allá del solfeo. Se cambió la ropa, probó niveles de sonido y regresó, ya en horario noctámbulo, con un balón de gin tonic al escenario. [Seguir leyendo en FARO DE VIGO]

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Discos de 2015 para toda la vida

Una lista a vuelapluma. Sumémonos al fervor que inunda las redes. Cinco discos de 2015 para toda la vida. Las únicas cosas importantes son las que se recuerdan, dijo Jean Renoir. Escuchen y verán.

Brad Mehldau: “10 Years Solo Live” / Música deconstruida. Cada melodía a dos manos. Ocho cedés que recogen 10 años de directos. Mehldau replantea standards (como el I’m old fashioned de John Coltrane) y clásicos de la música popular (el Hey You de Pink Floyd, el Smells like teen spirit de Nirvana)

 

José James: “Yesterday I Had the blues. The music of Billie Holiday” / El siglo XXI alumbra a una estrella del jazz vocal. El intérprete para las generaciones que aman el hip hop. El álbum del prestigioso sello Blue Note reverencia a la dama en el centenario de su nacimiento. Strange Fruit, un himno contra la segregación racial en Estados Unidos, aún estremece ocho décadas más tarde: “Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos. / Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles lo dejen caer./ Es una extraña y amarga cosecha”

 

Wilco: “Star Wars” / Ritmos exaltados, guitarras en éxtasis. El álbum más irreconocible de Wilco. La euforia de una sesión en The Loft. Riffs y estribillos salpicados contra la pared. Una sorpresa llegada al mundo en descarga gratuita. Tan anodino como apabullante.

Ryan Adams“1989” / La marca de un genio caótico e inconformista. El mismo talento capaz de editar tres álbumes extraordinarios en un mismo año (Cold Roses, Jacksonville City Nights y 29, todos en 2005) desnuda a la novia de América, Taylor Swift, adaptando sus canciones más recientes.

 

Lady Lamb: “After” / Una intimidad explosiva. Veinticinco años de energía torrencial. Cómo emocionar y lacerar, según coincida, aprovechando esa textura de contralto, una voz reservada al 2% de las mujeres. Ten para buscar respuestas personales en la infancia de su madre. Billion of Eyes o cómo hacer un temazo. En el Café Torgal de Ourense, abriendo el American Autumnlloró de emoción; yo, a punto

Al Foster, tributo a una era

IMG_6023Que no te engañen las arrugas, el rostro enjuto, los movimientos dificultosos de un cuerpo que supera los 70. Lo más rutilante subyace. Piensa en tu abuelo, piensa en él sobre todo si ya no está. Piensa en su caudal de experiencia, en cómo revelaba la vida a cada gesto. Piensa en tantas tardes como aquella: el domingo declinaba en un estado somnoliento al vaivén de su mecedora. Piensa en sus historias: sus palabras transparentan. Tienes los libros, algunas canciones, las fotografías para viajar al pasado. Al Foster te lo trae. Al Foster (Richmond, Virginia, USA, 1943), tierno como tu abuelo, lo lleva consigo.

Es uno de los testigos contados de una era en el jazz. Una noche de 1972, Miles Davis llegó al club Cellar, en la calle 95 de Manhattan, Nueva York. Necesitaba un sustituto tras la marcha de Jack DeJohnette. El Príncipe de las Tinieblas, jefe de aires despóticos, aunque menos explosivo que James Brown (el padrino del soul imponía multas a sus músicos por errores leves y llegó a abofetear a alguno en público), se quedó “KO” al ver tocar a Foster por primera vez. Le maravilló su capacidad para sentar una base hospitalaria, sobre la que todos podían tocar lo suyo. Esa habilidad, la “desplegaba como si nada”, dice Davis en su autobiografía. El batería de Richmond fue el único que estuvo en su formación, antes y después de su retiro del mundanal ruido a finales de los 70. La capacidad de entrar y salir del pentagrama, como un ladrón de guante blanco, quedó demostrada este viernes en Ourense. Nunca soltó las manijas del tempo; de repente constreñía los compases y, a su antojo, lanzaba al cuarteto al abrupto con una suma explosiva de caja, bombo y charles. Contradiciendo la imagen falaz del envejecimiento. En la segunda vez de Foster en el Café Latino, la razón era tributar a Art Blakey, uno de los baterías legendarios, clave en la evolución de las épocas be bop y hard bop.

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A las 10 de la noche, el local, un templo del jazz en España, está repleto, vestido de club; el tintineo de las copas no cesa. Bulle el público, bulle el escenario. Foster, con una sonrisa perpetua y gorro con visera, se oculta detrás de los platillos pero no se esconde. Golpea duro, restallando el óxido de sus huesos. Así introduce un guiño ajeno: “St Thomas”, clásico de Sonny Rollins, al que imita de forma notable Goldwin Loius, el más destacado del cuarteto. La pauta de Foster y el repertorio propician su lucimiento. Es un músico grande. Literalmente. Engulle el saxo tenor y despide escalas trepidantes, fraseos en el ADN de los aficionados como, sobre todo, Moanin’, cumbre de la noche. Luego deja el instrumento colgado alrededor de un foulard y, con el soprano, toca ritmos tenues, como el Round Mignight al estilo Dexter Gordon.

Godwin Louis, en primer término, en el concierto de Al Foster Quartet en el Café Latino de Ourense. 27 de marzo de 2015.

Con Louis como frontman, y David Bryant al piano (serio pero magistral), la formación de Foster, con cuatro noches seguidas en España abriendo el VIII Ciclo de Jazz 1906, replica aquella escuela de maestros que fueron los “Jazz Messengers” de Blakey, una cantera de los mejores solistas desde los años 50 a los 80. Wayne Shorter, Lee Morgan, Freddie Hubbard o Wynton Marsalis pasaron por el grupo que Blakey heredó de Horace Silver.

La noche se arroba con la música al mando. El batería solo sale de su parapeto de enormes platillos y coge el micrófono en un par de ocasiones. Presenta a su cuarteto (que completa Douglas Weiss en sustitución del tercer joven, Daryl Johns) y después se despide. El público, testigo de una era revelada esta noche, se entrega, en pie.

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Gracias a Miguel Abad y Domingo Bobillo. Me he apropiado de dos fotografías vuestras 🙂

Desnudo integral de Quique González

carta blancaEn el hotel cogió el papel del minibar y escribió un dictado. Otros tuitean besos y dominan Instagram, él gratifica al público, que también ha corrido riesgos. Quizá leas estos días en Facebook cómo pide ayuda para elegir una canción. Hazte cargo; son abrumadores el repertorio y la riqueza semántica de un tipo para el que las frases pesan “un 60%, como poco”. Recuerda que, en su día, dijo a una multinacional: “Si queréis ganar dinero, contratad a Miliki”. Observa que aún se declara encantado de colgarse la guitarra y “salir ingenuamente a por todas” a pesar del “mamoneo de los medios de comunicación”. El sábado en Salamanca se vistió con americana y camperas, y lógicamente se quedó desnudo. Tal vez desconfiado de su estado actual, con el auditorio lleno, volvió rápidamente sin haberse ido, como pidiendo disculpas por estar sólo él en su gira en solitario. El público elegirá las canciones hoy y las próximas noches del mismo modo que las canciones eligen al público; lo apresan y ya no lo sueltan. Esos versos de “Piedras y Flores” te asaltan en duermevela. La dosis asumible de amargura de “Pequeño Rock and Roll” y “En el Backstage”. Es Quique González el que sortea como un púgil abotargado el espacio entre sus tres guitarras Gibson y el taburete capitoné del piano de cola. Una pequeña estufa y una mesita refuerzan la hospitalidad. Da las gracias y, al final, hace un remedo con ese agradecimiento de los actores aficionados; a medio camino entre una genuflexión y un paso de polka. Ha vuelto a los teatros, a una escena sobria, al sonido austero. Esta es la gira de desnudo integral de Quique González. Trastes y voz no restan un ápice de energía. Te escucha y canta lo que dices: “Calles de Madrid”, “De haberlo sabido”, “Hasta que todo encaje”. Te escucha incluso a ti que, voz en alto, insistes con una canción extemporánea para el espacio próximo, austero, en el que los versos, acordes y algún punteo tenue van pasando por delante, en ristra. Un móvil prorrumpe nada más comenzar el concierto. “Gracias que tengo tiempo de afinar”. La regulación de las cuerdas consume los intermedios; “merece la pena”, se justifica. Canta cada vez mejor. Tímidamente dice a una chica que “Crece la hierba” es para ella. No sé si es malo o es bueno. Vuelve a “Los Desperfectos” sin haber ensayado mucho. Por supuesto que toca “Salitre”. Busca un acompañamiento para sonidos inéditos como “Día del año nuevo”, un blues pendenciero al piano, y la reciente “Clase Media”, la típica canción tan redonda que se expone a perderse un disco. Su música es una hoguera. Las letras, transformadoras, son el contexto si te pierdes. “Te vi bailar bajo la lluvia, te limpié el corazón de arena. Tu sexo es carne de aceituna, de un olivo en la carretera”. Por ejemplo. El profesor Pryzbylewski (antes policía) limpió el estropicio en su aula de Baltimore con Johny Cash de fondo; el cancionero de Quique González también cauteriza. No hay aditivos en esta gira llamada “Carta Blanca”  que reproduce su viaje en soledad al pasado, al blanco y negro en el Rincón del Arte Nuevo de la mano de Enrique Urquijo, o a los órdagos a todo o nada contra las multinacionales. Aunque poco se asemeje la acogida actual (no te despistes, las entradas vuelan), después de nueve discos y centenares de directos, a aquellos comienzos de anonimato y locales desangelados. El músico de nombre común ahora es extraordinario.

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Lista de canciones

Trucos fáciles para días duros

Nos invaden los rusos

Rompeolas

El día de año nuevo

Dos tickets

Piedras y flores

Pájaros mojados

Crece la hierba

Ayer quemé mi casa

Días que se escapan

Avenidas de tu corazón

Bajo la lluvia

Pequeño rock and roll

Calles de Madrid

A cara de perro

Nadie podrá con nosotros

Polvo en el aire

Salitre

Clase media

Hasta que todo encaje

Vidas cruzadas

En el backstage

Los desperfectos / Rock and Roll (Led Zeppelin)

Avión en tierra

De haberlo sabido

Teatro Juan del Enzina (Salamanca) – 28/02/2015 – Unas 300 personas

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Mucho mejor contado aquí

Si la cosa se jode, cantar ayuda

IMG_5073Lucía, alta, mediana edad, ropa a la moda. Radiante. A un niño ni lo confunden las múltiples variedades de cromos ni las sutiles diferencias entre padres, que se comentan (claro que sí) entre carreras y un doble penalty que vale un recreo. Pues bien, hasta las madres que le parecen a un menor una bella alegoría de la libertad y la alegría; hasta esas mujeres son señoras inflexibles con el pelo. Eres adolescente y las melenas te condenan al correccional, a ojos de tu madre. Aféitate, José Javier (para ellas, la cara entera es un todo), prorrumpió la mía en mitad de la cena de Nochebuena; y tengo casi 29. Ni en los hogares de normas más laxas hay la mínima concesión a las debidas hechuras de un joven. Todo lo que te procuran son apariencias, un salvoconducto a un futuro. Después lábratelo, qué más pretendes.

Así, de pelos vastos y ralos, son los Arizona Baby. No obstante, han convencido a sus progenitoras a base de perseverar en su estilo. La de músico con pelambrera no es peor que otras vidas descarriadas, interpreta el líder, Javier Vielba, una especie de encarnación patria de Chris Robinson (The Black Crowes) o Jesús, por sus dotes de predicador. O comercial a domicilio. “Si la cosa está jodida, cantar ayuda”, evangeliza. Para quien el fallo de un equipo es la mejor oportunidad para enardecer al público. “Este apagón nos ha encendido”, dijo en una de sus alocuciones más poéticas. “Valladolid hace imposible todo lo que tiene que ver con la vida”, aclaró, después, para asentar que toda buena banda tiene un origen que la hostiga. Ourense empatizó.

En el día 2, el primer día de facto del año, vencida la resaca, Vielba (que es El Meister, en su vía paralela en solitario), el virtuoso guitarrista Rubén Marrón (melenudo como el que más) y el percusionista Guillermo Aragón desplegaron en Ourense (en el interior del interior, es decir, en el sur profundo) su energética música de raíces. Fue su primera parada en la carretera; les esperan 15 fechas hasta abril en todo el país para la puesta de largo de “Secret Fires” (Subterfuge Records), su último disco. Doce cortes grabados en cinta analógica, con armas mayoritariamente acústicas que se expanden de maravilla en directo.

Hace un lustro, Arizona Baby se reveló como una promesa con Second to None (2009). Con los años, y tras la simbiosis con su grupo afín Los Coronas, el trío se ratifica en su esencia folk-rock, sin renunciar a ampliar por otros derroteros el territorio de su sonido de raíces, inspirado en la vertiente de la americana más próxima al country y el blues. “Vosotros sois nuestra distorsión”, proclamó Vielba aferrado a su Gibson acústica, en una declaración de intenciones. Tan lejos de la soberbia que imperó en una época. “La gente se solidariza contigo y ahora notamos que nos animan como a los ciclistas”, declaró a Europa Press hace unas semanas. “A fuerza de golpes de realidad, la gente se va dando cuenta que lo de los músicos no todo el monte es orégano con ese rollo de las superestrellas del rock con chicas, mansiones y demás. Eso ha dado para mucha literatura pero esta es otra época y otro punto geográfico. En España es terrorífico cómo está el panorama con temas de aforos y permisos para la música en directo”.

Vielba tiene la voz profunda y vigorosa, y el ingrediente efectista que marca la diferencia entre un grupo con capacidades y aquel que agota el aforo de una sala de provincias. Arizona Baby, a mayores, se la juega a su manera en un panorama escaso de propuestas afines dentro de la escena independiente; a excepción de grupos como Los Coronas o The Soul Jacket. “Nos vamos a empadronar en una ciudad gallega, porque aquí el cariño es especial”, concedió para culminarlo. Vino y se fue alegre y lenguaraz, deslizándose copa en alto por la trasera de la barra que servía de acceso al escenario.

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